Archivos Mensuales: febrero 2021

PORTALIANISMO EN EL SIGLO XXI

A comienzos de 1827 O´Higgins reclamaba que : “Se ha perdido la moral, se acabaron las costumbres y no se quieren leyes porque las que se dictan hoy se pisan mañana, pues que éstas suponen subordinación, y esto no se quiere en Chile”.

El ejercicio de la autoridad, las leyes y el cumplimiento de las mismas, han constituído un problema recurrente en Chile.

Los obligados a cumplirlas -todos los ciudadanos-, se resisten; los llamados a exigirlas -el gobierno-, elude sus obligaciones, y se dictan -en el congreso- leyes mal hechas, inoportunas, abusadoras o francamente inmorales.  Esto lleva a la anomia, la desmoralización, la currupción y finalmente a la anarquía.

La gestión de Portales impuso a los chilenos un proyecto político republicano; un Estado eficaz e imparcial montado sobre una institución: el Presidente de la República, y dio a los ciudadanos de mérito, una oportunidad de participación selectiva y rotativa.

Reemplazó el personalismo del Director Supremo por la “Institución del Presidente de la República”. En cuanto a las actitudes individuales la nueva política seleccionó, en virtud de sus méritos, servidores públicos que rotaron por los puestos de élite conformando una administración eficiente y comprometida.

Este diagnóstico nos suena familiar y conocido, pero su eventual aplicación hoy día no podría pasar por alto algunas diferencias significativas.

¿Cuáles son las causas de la agitación social actual?

  • La violencia y los desórdenes se iniciaron por lo menos en 2012, es decir 7 años antes de la crisis aguda desatada en 2019. Tuvimos manifestaciones por motivos medio ambientales -la construcción de la represa de Hidroaysen-; luego las marchas estudiantiles reclamando por el cobro y la mala calidad de la educación; de nuevo Aysen, reclamando por abandono; a continuación Calama, reclamando por la pobreza. Durante este lapso la prolongada toma y extrema violencia en el Instituto Nacional -a pocas cuadras de La Moneda-, se fue trasladando hacia el Metro. Durante todo ese tiempo se mantuvo la evasión masiva e impune del pago del transporte público en el Transantiago.
  • No hubo una rebelión masiva exigiendo el fin de la política de desarrollo neoliberal; tampoco es posible encuadrarla en el esquema ideológico de derecha – Izquierda. En realidad la mayoría de estas manifestaciones ocurrieron al margen del sistema político partidista.
  • El broche de oro fue la marcha masiva del 25 de octubre de 2019, en que cientos de miles de personas marcharon por Providencia hacia la Plaza General Baquedano, sin banderas partidistas, sin pancartas, sin violencia y en pacíficos grupos familiares con peticiones muy concretas: mejor salud, mejores sueldos, mejor educación, mejores pensiones y similares. En breve no querían algo diferente sino lo mismo que ya estaban recibiendo, pero más y mejor.

Esto muestra que las marchas eran un reclamo ciudadano frente a una combinación fatal: un Estado deficiente y un Gobierno sin ninguna sensibilidad política -que en esos días se interesaba en ganar protagonismo político regional, en la crisis Venezolana y a nivel global, en el tema Medio Ambiental.

Ambos elementos, Estado deficiente y Gobierno políticamente incompetente ponen de relieve el problema a mi juicio, central: el profundo déficit de representatividad del sistema político nacional. La gente no se siente representada ante el Estado -Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial- ni por el Presidente de la República.

Nada en esta situación es nuevo o sorpresivo: desde hacía años el estado presentaba graves falencias de organización y gestión que habían llevado a profundos análisis sobre la necesidad de su urgente reforma -que nunca se hizo-; se había conformado un estado cada día mas grande y mas incompetente controlado por la Izquierda como plataforma política electoral; reinaba un ambiente de corrupción político empresarial que nunca recibía castigo; un poder judicial que impedía la justicia y deterioraba la seguridad de las personas y un progresivo deterioro del crecimento de la economía, acompañado de un abultado gasto fiscal populista y demagógico que no solucionaba nada.

La derecha socio económica, por su parte, daba un constante espectáculo de frivolidad, abuso, prepotencia y ostentación, que no mostraba ni la mas mínima solidaridad con los chilenos. El broche de oro lo puso al Ministro de Economía -Andrés Fontaine- que en Octubre de 2019, en plena crisis, propuso que los usuarios del Metro, para no ser afectados por el alza del precio del pasaje, se levantaran una hora mas temprano para aprovechar una tarifa mas baja.

Lo más grave, sin duda, era el espectáculo penoso de un Congreso inescrupuloso, paralizante, vulgar y de bajo nivel intelectual.

Los ciudadanos tenían ante sus ojos el penoso espectáculo de un Chile en decadencia por mal gobierno.

La deficiencia del Estado fue llevando a muchas personas a una sensación de que los problemas y necesidades de la ciudadanía no encontraban recepción ni eco en la elite gobernante y que el Poder estaba excesivamente centralizado; de que “Chile era Santiago”.

Hasta aqui, tendríamos un caso en el cual el “portalianismo” histórico aplicaría bien, sin embargo es necesario incluir algunos parámetros que dan cuenta de las diferencias entre la sociedad de ese entonces y la actual.

  • El portalianismo original se aplicó en un contexto de incomunicación entre las regiones del país y una aun mayor separación entre el extranjero y las regiones, canalizándose todo desde el gobierno central. Por otro lado, la disponibilidad de recursos era muy escasa, obligando a una estricta priorización con frecuencia postergando a las zonas lejanas a la capital, y por último, una escasa o inexistente disponibilidad de capacidad de gestión técnica en las provincias. Desde otra perspectiva, este aislamiento también acentuaba la relativa autonomía regional al precio de mantenerlas en el subdesarrollo y la pobreza.

Este cuadro ya no existe, los medios actuales proveen comunicación instantánea por todo el país y da lo mismo si la cabeza de un servicio está en la misma ciudad o si se encuentra a cientos de kilómetros de distancia. La gestión y su control puede hacerse centralizadamente, no solo no aumentando la burocracia sino disminuyéndola. En este sentido, la mentalidad chilena se encuentra habituada a la existencia de un estado fuerte siendo su incompetencia o baja calidad lo que genera su frustración, no su existencia.

  • Otra diferencia sustantiva parece ser que la mayor educación, las mejores comunicaciones y la difusión de la información en forma casi instantánea, agudiza la necesidad y deseos de los ciudadanos por participar y ser partes del proceso político, tanto en la priorización de las necesidades como en la implementación de las políticas públicas, en este sentido una primera impresión sería que esto acrecienta la necesidad de descentralizar el estado, pero a la vez, muestra que un estado centralizado bien comunicado y eficiente en su gestión podría ser mucho mas eficaz que una cantidad de administraciones regionales mas o menos autónomas, y que la participación ciudadana activa igual podría darse a distancia.

Esa necesidad puede, actualmente, ser satisfecha en forma muy rápida, económica y eficiente, empleando los recursos digitales para que los ciudadanos expresen sus juicios y opiniones mediante plebiscitos nacionales y regionales, iniciativas populares de leyes y presupuestos por programas nacionales y regionales.

Sin perjuicio de lo señalado, es evidente la necesidad de redistribuir parte del poder presidencial entre los demás actores institucionales y ciudadanos, asi como crear la carrera del servicio público transformándolo en uno profesional, meritocrático, evaluado, despolitizado y con movilidad en cuanto a cargos, áreas de trabajo y regiones en que se desempeñen.

Un elemento imprescindible del modelo portaliano a reestablecer sería la exigencia inexorable del cumplimiento de las leyes, a todos, en todas las materias, siempre y sin excepción. En forma rápida y en igualdad para todos los chilenos, sancionado al delincuente en forma proporcional al daño social causado con el delito.

Una última consideración sería la conveniencia de plantear estos cambios en la forma de un “avance” hacia nuevas condiciones políticas y sociales y no un “regreso” a épocas y condiciones pretéritas.

Melosilla 21 de Febrero de 2021

Fernando Thauby García

EN BUSCA DE UN RELATO

El fracaso de la actual clase dirigente. La élite tecnocrática económica nacida del Gobierno Militar se impuso y superó a la de la izquierda en la gestión del crecimiento y desarrollo económico de Chile; pero nunca logró conformar una oferta de desarrollo político y social atractivo para la ciudadanía y fue superada en forma inapelable por la elite ideológica de izquierda. Su cultura política consistió en un lenguaje mayoritariamente tecnocrático con ideas vinculadas al libre mercado y a una democracia limitada; al recuerdo de la lucha contra la Unidad Popular, y al compromiso con el proyecto político del régimen militar.

“La dimensión simbólica de la política, aquella encargada de formar comunidad, fue perdiendo protagonismo en el sector, en beneficio de las cifras estadísticas y la institucionalidad en vez de buscar un proyecto de sociedad mayor, pese a que hubo intentos”[1] como el inspirado en las teorías liberales de Friedrich Hayek, y el de Milton Fiedman en el liberalismo económico.

Jaime Guzmán intentó “cristianizar el capitalismo”, pero el foco principal continuó en la dimensión económica, lo que terminó por eliminar completamente el mensaje social y simbólico que alguna vez pudo existir en el sector.

En breve, la elite pos Gobierno Militar no logró generar un entramado de sentidos que convocara y creara un proyecto cultural atractivo para las personas: un relato. Peor aun, la derecha intentó llevar la “batalla de las ideas” a una confrontación en el plano de la discusión técnica, presentandosu proyecto como algo de “sentido común” o de “realismo”, descalificando a la “ideología política” como voluntarismo, como “utopía” apartada de la realidad de las personas.

De este modo, esta dicotomía entre “realidad” e “ideología” le impidió a la derecha elaborar un proyecto cultural convocante dejando de competir por la construcción simbólica de la sociedad, entregando el espacio social y cultural a los diferentes grupos de la izquierda nacional.

Actualmente el desafío para los continuadores de la obra del Gobierno Militar es valorizar los aspectos sociales, culturales y simbólicos que van mucho mas allá de lo material, sin excluir el progreso económico ni menos abandonarlo.

En este sentido, enfrentamos un problema que debe ser resuelto en dos ejes fundamentales:

a.- Realizar una introspección y un análisis de lo que los chilenos quieren como país y sintetizarlo mediante un concepto filosófico, político, ideológico, social y económico: un proyecto político. Esto implica revalorizar la competencia cultural, filosófica e ideológica y hacerla explícita en un contexto de lucha por la hegemonía cultural global.

b.- Expresar este proyecto político en una discurso atractivo, adaptable y convocador, en la forma de un relato que constituya el entramado simbólico de su propuesta política.

Un Proyecto Político. Sin pretender restringir el espectro de las ideas, creo que en los tiempos y condiciones del Chile actual, un proyecto razonable podría estar situado en el área Liberal / Libertaria / Capitalista enfrentado a otro proyecto Socialista / Marxista / Anarquista.

A partir de las definiciones ideológicas que eijan sus autores, el proyecto deberían tomar sus decisiones de políticas públicas encuadradas dentro de la Constitución Política vigente.

En el momento actual, en que ocurre un rápido y profundo cambio político, estratégico, social, económico y tecnológico global, es fundamental incorporar los cambios que habrá que enfrentar y la influencia que éste tendrá en el proyecto.

Por definición un “proyecto” político será de carácter racional, técnico, requerirá el uso de un vocabulario y de conceptos capaces de reflejar conceptos muy complejos en diversas áreas de la política. De esto deriva la necesidad de desarrollar un “relato” o narración política de carácter mas emocional, popular y al alcance de una variedad de públicos.

Un Relato Político. No hay pueblo sin relato, sin épica. La historia es inseparable de su narración. Un problema actual es que el relato (como técnica de marketing y como ficción) pueda llegar a reemplazar al “proyecto” político, en un entorno cada vez más dependiente y condicionado por los medios de comunicación”.

El relato como ficción, a través de la capacidad narrativa y la creación literaria, ya es utilizado sin escrúpulos a través de la publicidad. Frente al pedagogo político se sitúa el seductor mediático, que tiene una concepción de la política basada en la química, en el feeling.

En opinión de muchos autores, el Relato simplifica, estimula la pasión superficial y contribuye a convertir la política en espectáculo, especialmente en las campañas electorales (cada vez más frecuentes), e implica un riesgo de evasión y comprensión de los problemas reales.

El relato, una necesidad política. A pesar de tantas advertencias válidas, la necesidad de un relato político, -que interprete, que dé sentido a la realidad y que convierta en comunicación el proyecto político- es una nueva oportunidad para la humanización de la política en el siglo XXI. Demasiada soberbia tecnocrática nos llevó a la comodidad intelectual de lo “técnico” mientras los adversarios ideológicos, y sus poderes, ganaron “espacios culturales”, de valores y, sobre todo, elecciones

Si tener un relato es peligroso; mas peligroso es no tenerlo.


[1] Pablo Ortúzar 2020