Izquierda Chilena, otra vez el mismo error

Varios miembros del grupo dirigente de la izquierda, han manifestado que el eventual triunfo del rechazo a la redacción de una nueva constitución para Chile “no traerá la paz que todos anhelamos”. Traducido del cripto idioma de la izquierda chilena, indica que si en el plebiscito de abril de 2020 no gana su preferencia -el SI-, la violencia callejera continuará hasta imponerse.

Entre ellos destacan Heraldo Muñoz, pre candidato a la presidencia de la república y un antiguo y conocido senador, presuntamente “renovado”. En el nivel político e intelectual más basto, estas mismas aseveraciones -amenazas- se repiten con un lenguaje mas crudo y amenazador. Si la izquierda pierde el plebiscito, la violencia continuará, probablemente en forma intensa, hasta que el cambio que quieren, se produzca. De otra manera, la paz sería “artificial, (tiene que ser) sobre el fundamento de una nueva Constitución» Muñoz dixit.

Esto conlleva dos elementos: primero, que el proceso constitucional seguirá siendo empujado por la violencia de la izquierda y segundo, que el Gobierno no tendrá la voluntad o la capacidad para impedir dicha violencia.

Respecto a la voluntad gubernamental de imponer la paz, es una decisión política que deberá tomar quien presida la República en su momento. No entraré en esta materia. Si el gobierno se rinde a la extorsión extremista es una decisión política cuyas causas y efectos no abordaré aquí.

Lo que si analizaré es el planteamiento de que el gobierno carecería de la capacidad para imponer y mantener la paz, aun queriéndolo.

En efecto, el primer conjunto de razones gira alrededor de la eventual falta de voluntad de los mandos militares para tomar la decisión de dar y ganar esa batalla. Se señala que las excelentes condiciones económicas de que gozan en sus cargos actuales y en sus próximas condiciones de retiro, desalentarían su participación en una acción que las pongan en riesgo. Dado que quién decide la designación, permanencia y la remoción de los Comandantes en Jefe es el Presidente, esta suposición carece de sustento.

Otra razón sería la completa desmoralización de las FFAA, en particular del Ejército. Si bien esto es mas bien especulativo, habría que considerar que la motivación actual de los militares para combatir contra el extremismo sería triple: la primera por disciplina, formación y tradición y la segunda porque una acción de ese tipo iría en la línea de sus más profundas creencias políticas que en el caso que analizamos estarían en peligro mortal y tercero, que hay que recordar que la victoria del Gobierno Militar (GM) frente al primer intento de asalto al poder, en 1970 por parte de la izquierda revolucionaria, fue de tal magnitud y eficacia que a medio siglo de su inicio, aun se discute si cambiar o no la Constitución con que el GM estableció el régimen que nos gobierna. Y esa realidad pesa; es un camino ya recorrido que dejó experiencias valiosas.

Se alega también de que carecerían de “capacidad operativa”, aun cuando no entiendo claramente a que se refieren quienes señalan eso, cualquier persona más o menos interiorizada de las condiciones operativas de las FFAA de Chile discreparía completamente. En la actualidad las FFAA se integran y participan en ejercicios de guerra y en operaciones de paz junto a FFAA de países desarrollados y lo hacen obteniendo su aprobación e incluso su integración a sus operaciones al mismo nivel de las fuerzas de sus aliados mas cercanos.

Respecto a operaciones de seguridad interior, es posible que en esta versión de empleo, tengan mejor rendimiento de combate en operaciones con altos niveles de violencia, que cuando operan con restricciones en su empleo. Desde otra perspectiva, las fuerzas militares nacionales han tenido muy buen desempeño en operaciones imposición de la paz con diversa intensidad de violencia. Desde la perspectiva de las operaciones de conservación de la paz, la integración operativa entre las FFAA y la Fuerzas Policiales es muy fluida y de mucha confianza mutua, particularmente en la base.

En cuanto a inteligencia, el rendimiento y eficiencia de las organizaciones de inteligencia militar durante el gobierno militar, es también obvio que superaron ampliamente a sus oponentes apoyados por las potencias comunistas. Es indudable que la prohibición, durante varios años, de participar en inteligencia interna debe haber reducido esa capacidad, pero podemos imaginar que no sólo podrán recuperarla con rapidez, sino que la superarán ampliamente en corto plazo, particularmente en los ámbitos de la inteligencia electrónica, informática y ciberinteligencia.

Un capítulo central de la argumentación de quienes confían en que las FFAA carecen de capacidad de combate para cumplir las tareas que disponga el gobierno -el presidente de la república- para cumplir su mandato constitucional de imponer y mantener la paz y la seguridad interna y externa, se apoya en algunos cálculos aritméticos originados en los círculos anarquistas, comunistas, “intelectuales” chavistas y un conjunto variopinto de representantes del izquierdismo terrorista o militarizado, que dice mas o menos así:

A partir de 1985, el Gobierno Militar dispuso de hasta 50.000 soldados para mantener el control de la ciudad de Santiago que en esos años contaba con 5 millones de habitantes y no lo logró, y que hoy dispondría de sólo 10.000 para controlar una ciudad de mas de 7 millones de habitantes.

El cálculo no explica qué fue lo que habría cambiado entre antes y después de 1985. Las cifras de efectivos están lejos de la realidad y por otra parte, el control interno establecido por el Gobierno Militar fue el requerido para llevar a las fuerzas de la oposición a la negociación, en los términos que fueron necesarios para mantener las principales políticas establecidas por él. No más, no menos.

Los cálculos militares puramente numéricos suelen ser engañosos cuando no directamente falsos. Por ejemplo, la rama local del Partido Comunista dispone de un número muy exiguo de militantes y parlamentarios, estos últimos conseguidos mediante maniobras y manejos que les permitieron conseguir un número desproporcionado de representantes. Ese reducido número, dirigido con disciplina, mano dura y exigencia constante, ha conseguido desplegar una actividad mediática, política, sindical, social y de violencia, desproporcionada a su número, logrando simultáneamente, penetrar y destruir a un partido político de fuerte raigambre democrática como el PDC y simultáneamente contemporizar con violentistas populistas del Frente Amplio, un conjunto heterogéneo unido mas que nada por su irrealidad, similitud etaria y de discurso violento y demagógico. El PC siendo muy menor, doblegó a dos contendores de muy diversas características y mucho mayores en números.

Desde otra perspectiva, los análisis numéricos de la extrema izquierda muestra una severa obsolescencia analítica militar. Hoy existen multiplicadores de fuerzas mucho más relevantes; comunicaciones, inteligencia, movilidad, poder de fuego, artillería móvil, blindados, coordinación de fuegos y control de la maniobra, control del espacio aéreo, y muchos más.

Mirado desde el punto de vista político, si el gobierno, para su maniobra, logra convocar una cantidad significativa de apoyo político ciudadano, el tamaño de las FFAA y su potencial de apoyo se multiplicará considerablemente. Si no fuera así y el gobierno apreciara mal su fortaleza política, el espacio de poder faltante deberá llenarlo con un empleo mas intenso de las FFAA, que tienen sobrada capacidad para hacerlo.

Clausewitz sostiene que la guerra es “una extraña trinidad” en cuanto a las tendencias que predominan en ella: el odio y la violencia primitiva, de naturaleza emocional; el azar y las probabilidades que corresponden a la gestión del poder militar; y su carácter de instrumento político, de carácter primordialmente racional.

Estos tres elementos se dan en las guerras internacionales y con mucha mayor intensidad en las guerras civiles.

Parecería que los cálculos y suposiciones de la izquierda “revolucionaria” y su cada día más próxima izquierda “democrática”, requieren de más solidez y mesura. Amenazar con la guerra es invocarla y lucharla es un azar por completo impredecible; sabemos cómo comenzará pero ignoramos cómo concluirá.

Lo que si puedo asegurar a mis lectores, es que toda una vida en la profesión naval (Infantería de Marina) me permiten asegurar que las FFAA de Chile lucharán con gran destreza e intensidad. Toda la que se requiera para vencer a las fuerzas del mal, que ahora sí deben ser eliminadas de raíz impidiendo que los políticos de derecha vuelvan a entregar a Chile a sus enemigos, en su afán por promover su codicia personal o de grupo.

7 de enero 2020

¿Cambio de Constitución o Rotación de Elites?

Hace años, la entonces presidente Bachelet, manifestaba pública y festivamente: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha tiembla”. No causó escándalo alguno. Menos la aseveración del ex presidente Lagos cuando, después de una intensa jornada de piedrazos y bombas incendiarias con la destrucción del mobiliario urbano y diversos bienes públicos, aseguraba “hay que dejar que los cabros se expresen”. La actual izquierda política y la violencia callejera son compañeras de ruta. Argumentan que esa es la respuesta del pueblo a la violencia institucional y armada de la oligarquía. Resta credibilidad a esta defensa el que la usen igual estando en el gobierno y teniendo no solo el uso legítimo de la violencia bajo su control, sino estando a cargo de la seguridad pública y la protección de los derechos de toda la ciudadanía. No se puede ignorar que la violencia callejera ha sido parte sustantiva del arsenal de la argumentación política e ideológica de los liderazgos de la izquierda, que usan y han abusado de ella, para torcer la voluntad de las mayorías y se ha agotado.

En 2013 escribía en este blog: “Desde hace años la derecha política, carente de líderes con peso intelectual y carismático, se debe resignar a seguir a caudillos antropófagos que no respetan a quienes votan por ellos. La derecha económica sigue soñando que tiene poder porque tiene dinero, cuando la verdad es exactamente al revés: tiene dinero porque el Gobierno Militar los proveyó de un ambiente en el cual pudieron enriquecerse, y que cuando heredaron un poder político que no merecían, no lo supieron emplear para el bien de los chilenos y no han sido capaces de conservarlo. Más temprano que tarde el fin de la libertad matará sus negocios”. Ese momento llegó y nada ni nadie podrá evitar que el ambiente actual en que la derecha económica y la derecha política se potencian mutuamente, cambie en forma sustancial.

Paralelamente a esa realidad de base, en la izquierda se desarrolló un duro conflicto entre los que se incorporaron -decentemente o a través de la corrupción- al sistema liberal y los que siguieron tratando de imponer -por idealismo o irrealidad- el régimen revolucionario.

Ninguno de los dos grandes actores políticos e ideológicos -izquierda y derecha-  pudo resolver sus contradicciones internas, las que  se potenciaron con la creciente incomunicación entre la gente común y la elite política institucional, cuya insensibilidad social y ceguera política las mantuvo ensimismadas en su prosperidad económica personal, vanidad, superficialidad e incompetenecia técnica, frecuentemente acompañadas de corrupción transversal.

Lo que había pasado era claro y -ahora lo vemos- evidente: los cambios económicos, políticos y sociales de fines del siglo XX, que dieron origen al sistema de elites y partidos políticos actuales y determinaron sus comportamientos, quedaron obsoletos por los cambios aún más profundos y radicales, que la sociedad chilena está viviendo en el siglo XXI, particularmente la difusión del conocimiento y del acceso a la información, en que las “masas” devinieron en “opinión pública”. La diferenciación social e intelectual entre quienes ejercen el poder y los que no lo tienen, se redujo radicalmente por efecto de la mayor educación general, la difusión del conocimiento político, económico y de gestión, debilitando las bases de la autoridad y la legitimidad de las elites.

El conjunto minoritario de individuos o grupos que aún ocupan las posiciones de autoridad perdieron su influencia y su legitimidad al no poder acreditar características de excelencia moral y técnica que validaran su presunta superioridad ante el pueblo, peor aun, en Chile parecen haber quedado bajo el promedio general de la sociedad. La cohesión interna, capacidad de organización y sistemas de reclutamiento de las elites se desprestigió por su opacidad y exclusión, derivando en la existencia de minorías dominantes que funcionan para la conservación de su poder personal y familiar y para hacer avanzar sus propios intereses.

El esquema de elites pos Gobierno Militar se resolvió en los años 80s y 90s y dio origen a una oligarquía que se apoderó de los partidos políticos y de la representación popular, imponiendo los candidatos, repartiendo los fondos para financiar las campañas, ubicando a sus parientes, amigos y asociados en los cargos claves de la administración pública y coludiéndose con empresarios que financiaron todo el sistema a cambio de acceso a su apoyo para proteger sus intereses y sobre todo, para asegurarse que el control que los políticos debería ejercer sobre sus actividades (subsidiariedad del Estado) para garantizar la salvaguardia del interés nacional y del pueblo, no fuera ejercido. La alta productividad generada por el sistema económico instalado por el Gobierno Militar permitió que la ineficiencia política sobreviviera por un lapso mas allá de lo que merecía, pero llegó a su fin y sus déficits quedaron expuestos.

Esta situación no es una crisis pasajera, es el fin de un sistema de organización social y política que dejó de interpretar la realidad. El escrutinio, la crítica, el cuestionamiento, la participación y sobre todo, la capacidad y voluntad de tener puntos de vista propios, posibles gracias a la combinación de educación, acceso a la información y discusión en redes de miles de personas de diferentes orígenes, intereses y experiencias, algunas calificadas y otras no, sobrepasan largamente la capacidad de los que algunas vez fueron sus “representantes” políticos. La función de intermediación de los políticos entre el pueblo y el gobierno dejó de ser real.

La opinión pública exige nuevos estándares de probidad, calidad, compromiso y transparencia -apoyándose en los nuevos sistemas de información- no puede ser satisfecha por el sistema político oligárquico y de aficionados existente actualmente. La información y los análisis disponibles para el público son más imparciales, realistas y honestos que los que produce y maneja el sistema político.

La guinda de la torta es, sin duda, la colusión obscena entre los políticos y los empresarios, en perjuicio del público. Esta colusión es en realidad una cooptación; una compra o arriendo de lealtades políticas por parte de los intereses económicos. La realidad nos señala que no estamos ante una falla parcial del sistema político, sino ante su obsolescencia, pérdida de legitimidad, comprobada incapacidad técnica y carencia de los valores morales imprescindibles. La esperanza de conseguir que sean ellos mismos –los políticos en ejercicio- quienes modifiquen las características del régimen político -dicten una Nueva Constitución- se reformen y cambien, es solo una ilusión sin fundamento. El cambio será profundo y radical y provendrá desde fuera del sistema.

Mire a su alrededor, lea el diario, escuche la radio y verá que la crisis es real y profunda. El sistema se agotó, necesitamos algo diferente. Es duro decirlo pero no habrá paz ni estabilidad mientras no hagamos una renovación completa y profunda del aparato estatal, del poder legislativo y del poder judicial. Todos ellos obsoletos y carentes de legitimidad y representatividad.

No tiene sentido cambiar la Constitución sin disponer de una Institucionalidad política efectiva. Deberíamos comenzar por su transformación dentro de la actual Constitución e ir haciendo los cambios constitucionales que sean necesarios cuando asi se determine.  

Esta transformación, para que sea real y efectiva debe, creo, ser un proceso, no la sola solución a una crisis. Podemos hacerlo