Argentina entre Maradona y Borges

Ser vecinos con Argentina es difícil, a veces exasperante, tienen sus momentos de encanto, pero en seguida los emporcan con una pillería, una zancadilla, una “avivada”, las más de las veces injustificada e innecesaria, casi como satisfaciendo una necesidad sicológica.

Esta conducta se repite una y otra vez: desconocer un fallo de una Corte internacional libremente aceptada; anular unilateralmente un acuerdo comercial importante; inventar una nueva “teoría” o, como en estos días, crear una interpretación fantasiosa de un acuerdo, iniciando conflictos innecesarios e inútiles.

Nuestro país está sujeto a su inescapable vecindad, así como a los terremotos, tsunamis, avalanchas, sequías e inundaciones, erupciones volcánicas y nuestra propia estupidez que periódicamente nos ataca. Argentina está ahí y nosotros estamos acá. Es irremediable e inevitable. 

El siglo pasado, los siúticos de la fronda santiaguina solían decir respecto a nuestro país “¿por qué no vendemos esto y compramos algo más chiquito y más cerca de París?. No, no era posible y no sirvió. Lex Luthor, intentó separar a California del resto de EEUU haciendo estallar una hilera de bombas termonucleares para conformar una isla en la cual él sería el amo. Tampoco funcionó. Parece que tendremos que resignarnos a soportar esta calamidad con estoicismo.

Pero, al igual que con terremotos y otros, debemos adecuar nuestros comportamientos y reacciones a la realidad inevitable y saber como reacionar: con calma, con serenidad, con eficacia, con firmeza y sin cansarnos nunca. Es la carga que Dios nos puso por habernos dado este país magnífico.

¿Por qué nos sorprendemos cada vez que Argentina, con cualquier gobierno -aunque con mayor frecuencia con los peronistas- nos sale con un comportamiento así?. Creo que es porque no los comprendemos en su ¿lógica? social y nacional.

La “viveza criolla” es saltarse las reglas; avanzar a la mala en la fila; empujar la pelota con la mano y marcar un gol; reinterpretar las reglas a su amaño para ganar un puntito. Tratar de engañar a la economía imprimiendo billetes; pedir dinero prestado y no devolverlo; asaltar una isla y sorprenderse porque el dueño reacciona; hacerle una “quita” al banco, porque después de recibido (y gastado) el préstamo, los intereses les parecen excesivos; aprovechar que un vecino pasa un momento dificil para arrancarle una concesión. Y esa viveza es glorificada y aplaudida, la trampa es considerada una muestra de astucia y habilidad.

Así es como han conseguido arruinar un país bendecido con toda clase de recursos, crear pobreza donde había riqueza, retroceder como grupo humano y perderse el respeto a si mismos. Es la lógica de vida de Maradona, un futbolista de condiciones extraordinarias y que por vanidad y estupidez terminó sumergido en las drogas y la desmesura.

El contraste lo marca otro tipo de argentino, que existe pese a todos los esfuerzos de la mayoría por eliminarlos. Castigados y ninguneados por las turbas vociferentes e insolentes, incapaces de entender su calidad humana, los Borges, personas de una calidad humana, intelectual y moral de excepción, no sólo no reciben reconocimiento alguno sino que se les ataca y descalifica.

Mientras Argentina titubee entre ambos modelos, entre la glorificación de la viveza de los Maradona y el reconocimiento de la seriedad y la calidad de los Borges, continuaremos teniendo un vecino sorprendente, insolente, audaz e inescrupuloso, que no se respeta a si mismo y por consiguente es incapaz de respetarnos.

Asi las cosas, lo que hay es lo que hay. Nunca lograremos llegar a un arreglo final en ningún desacuerdo, nunca pondremos punto final a las “pedidas”, ningún tratado resolverá nada, todo será transitorio, provisorio, mutante, de acuerdo a las necesidades y ocurrencias geniales de la chusma.

Ya que cambiarlos no está en nuestras manos, debemos adecuar nuestro comportamiento a su manera de ser. No podemos ignorarlos, están ahí; no podemos dejarlos ganar con malas artes, es nuestra obligación impedir que la trampa gane; no podemos descartar hacer negocios con ellos, los necesitamos y ellos a nosotros; sólo podemos tratar de ayudarlos a que ellos cambien su conducta por si mismos, por propia convicción, puede tardar siglos o no ocurrir nunca.

Mientras tanto, armémonos de paciencia y no bajemos la guardia, estemos siempre atentos sabiendo que en cualquier momento puede venirles a la cabeza una idea genial.

Es el caso de su última ocurrencia, la del reclamo sobre la plataforma submarina más allá de las 200 millas marinas hacia la Antártica, bloqueando nuestra continuidad territorial. Es una nueva pillería, no la última, solo una más.

Otra vez no hemos reaccionado con la suficiente rapidez y la pretensión ha comenzado a escalar.

Esta vez Chile no está débil, Argentina si. En realidad hace ya años que los modales “Maradona” están desfazados de la realidad Argentina, Maradona fue una estrella, ahora es sólo un drogadicto gordo y decadente.

         Fernando Thauby García

         Melosilla 29 de Julio 2020

URGENTE MODERNIZACIÓN DEL CONGRESO

Los partidos políticos en Chile no son prestigiados ni populares, la gente no confía en ellos, en sus directivos ni en sus miembros. Sus militantes no cumplen sus compromisos, no votan en sus elecciones internas, carecen de formación cívica y política, no tienen “vida partidaria”, un número significativo de ellos está inhabilitado sea porque falleció o por alguna causa legal. Agrava lo señalado, el que sean los contribuyentes quienes financian -con cifras significativas- sus actos electorales, propaganda y funcionamiento administrativo.

Complementa esta condición la imagen y percepción, por cierto fundada, de que los miembros del Congreso tienen dietas y asignaciones extravagantes y abusivas, por completo alejadas de la realidad económica nacional y de las condiciones de vida de los ciudadanos. Tras año y medio de dilaciones redujeron sus dietas en forma mínima y sin tocar sus abultadas asignaciones para gastos diversos.

No contribuye a mejorar esta imagen su pobre desempeño profesional reflejado en un alto número de leyes mal hechas, que deben ser corregidas a las pocas semanas de haber sido aprobadas, por tener errores, omisiones e imprecisiones, por estar incompletas o ser inaplicables o contradictorias con otras leyes. Su desempeño es percibido como incompetente, lo que ofende mucho mas cuando se le compara con los sueldos y beneficios que reciben.

Se agrega el comportamiento personal impropio de sus miembros, circense en muchos casos y frecuentemente impregnado de desprecio hacia la ciudadanía. La falta de educación, experiencia, competencia profesional, recato, honorabilidad y discreción de gran parte de sus miembros es una afrenta constante a los chilenos.

La Constitución define los partidos políticos como “asociaciones autónomas y voluntarias organizadas democráticamente, con personalidad jurídica. Que están integrados por personas que comparten unos mismos principios ideológicos y políticos” y declara que debe existir  “siempre la plena igualdad entre los independientes y los miembros de partidos políticos tanto en la presentación de candidaturas como en su participación en los señalados” actos electorales. Establece también que “los partidos políticos son un instrumento fundamental para la participación política democrática” mediente la promoción de “la participación política activa de la ciudadanía y propender a la inclusión de los diversos sectores de la vida nacional” y “promover la interrelación activa y continua entre la ciudadanía y las instituciones del Estado”, entre otras.

La comunidad de principios ideológicos y políticos es imposible de evaluar y su comportamiento muestra desconocimiento y fidelidad a sus presuntos valores y creencias, quedando en realidad subordinado a las decisiones de las directivas partidarias o a la decisión personal, que muchas veces obedece, con claridad, a sus intereses personales o de grupo.

Es también evidente que el sistema parlamentario está diseñado, en sus aspecto operativos y financieros, para dificultar la existencia y participación de candidatos independientes y que la voluntad de incluir a sectores diversos más allá de sus militantes es, por lo menos discutible, y su promoción de la interrelación entre la ciudadanía y el estado, está limitada por la continua conflictividad entre los partidos, sus políticos y el gobierno, más aún en partidos que declaradamente violan la Constitución y -ostentosamente- no respetan las leyes.

Lo que si es efectivo es que “los partidos políticos son un instrumento fundamental para la participación política democrática”, esto por una razón muy simple, porque la ciudadanía nunca tuvo la capacidad ni la cultura política y ciudadana para organizarce regionalmente, sectorialmente u otra forma, en que la ideología no fuera determinante y excluyente. Recién ahora vemos pequeñas organizaciones sociales con cierta que pueden actuar políticamente con alguna eficacia.

De esta manera, los partidos políticos y sus representantes en el Congreso conforman oligarquías cerradas, controladas por grupos de interés personal, familiar o económico que administran el sistema a su conveniencia, haciendo uso de el poder incontrarrestable de hacer las leyes y cooptar a los organismos del estado, ante la total impotencia y exclusión de la ciudadanía. Sus dietas, beneficios y subsidios, su corrupción y su manejo arbitrario del Poder Judicial son muestras elocuentes de esta autonomía abusadora.

Pero subsiste el punto: no tenempos -por ahora- otra forma mejor para que la ciudadanía se organice al margen de ellos o pueda influir efectivamente en su gestión.

Asi las cosas, me parece que sería realista aspirar a establecer un creciente control ciudadano sobre los políticos y a disputar a los partidos su control sobre su comportamiento.

Una medida fundamental es facilitar la participación de ciudadanos independientes o incluso mejor, facilitar la creación de partidos que deban, obligatoriamente, participar incorporados en grupos mayores, ad – hoc,  temporales predeterminadas. Sea en alianzas o frentes.

Es también imprescindible imponer control de calidad y de comportamientos políticos y personales a los diputados y senadores:

Mayores requisitos de formación académica y experiencia en cargos gubernamentales, municipales o de empresas privadas productivas y de servicios.

Eliminación de algunos vicios burocráticos como el “pareo”, la “abstención” y la “votación secreta”. Esas personas elegidas reciben una paga considerable para tomar decisiones, pública y personalmente. Su participación personal y abierta no puede ser omitida en ninguna circunstancia.

Eliminación de maniobras tramposas como la de “negar el quorum” escabuyéndose de la sala a la hora de votar.

Estas faltas deben ser sancionadas pecuniariamente al infractor, en forma severa e inmediata y su repetición un número predeterminado de veces, sancionada con la destitución temporal o definitiva, del cargo.

Imponer a los diputados y senadores la existencia y mantención actualizada de un sitio en la red, bajo su responsabilidad personal en que conste su asistencia, participación, intervenciones, votación, gestión detallada de los fondos asignados para su desempeño, y dé respuesta clara y concisa de las preguntas que planteen las personas.

Este sitio debe ser de acceso fácil y amistoso a los votantes del distrito que represente, sea  cual haya sido la preferencia política del ciudadano. Esta información se entiende oficial, formal y pública.

Dicha información, sumada al libre empleo de las redes sociales por parte de los ciudadanos proporciona una herramienta eficaz para evaluar el desempeño de cada político.

La creación de una Contraloría del Congreso autónoma e independiente elegida por votación popular junto y simultáneamente con la eleción Presidencial. Esta Contraloría estaría formada por un número reducido de funcionarios públicos de carrera que se desempeñen por lapsos temporales breves, para asegurar su rotación constante, y revisaría las cuentas, el cumplimiento de las asistencias, las acusaciones y demandas que afecten a su desempeño personal y profesional deducidas por los ciudadanos del distrito del representante. Las comisiones investigadores no pueden seguir siendo espectáculos en que la mayoría siempre exonera de toda responsabilidad a sus co religionarios, es imperioso que sean hechas por un ente ajeno al Congreso.

Estos cambios no son una solución final, solo serían el inicio de una larga marcha hasta lograr la democratización y eficiencia del Poder Legislativo. Con ellos aun no se lograría que los miembros del Congreso verdaderamente representen a sus electores, pero reducirían su condición de “propiedad” de los partidos, al estar ahora bajo la mirada escrutadora de los ciudadanos.

Fernando Thauby García

Melosilla 19 de Julio de 2020

ALGUNAS CAUSA DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA

Cualquiera puede darse cuenta de que el sistema político nacional, en particular aquella parte que se refiere a la participación ciudadana, el Congreso y los partidos políticos, ha fracasado irremediablemente.

Sin embargo, es poco o nada lo que se analiza, discute y propone respecto a como salir de este desastre que nos está llevando a una decadencia política que puede terminar no solo en un desastre económico y social, sino incluso en una guerra civil.

Me parece que la única forma de llegar a algo es comenzando desde un diagnóstico mas o menos compartido, ya que de otra manera sería otro diálogo de sordos.

La Ley Orgánica Constitucional de los Partidos Políticos (Ley Nº 18.603, publicada en 1987 actualizada al 2016), comienza estableciendo en su artículo 1 que: Los partidos políticos son asociaciones autónomas y voluntarias organizadas democráticamente … integradas por personas que comparten unos mismos principios ideológicos y políticos, cuya finalidad es contribuir al funcionamiento del sistema democrático y ejercer influencia en la conducción del Estado, para alcanzar el bien común y servir al interés nacional.                                                Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y expresión de la voluntad popular, son instrumento fundamental para la participación política democrática, contribuyen a la integración de la representación nacional y son mediadores entre las personas y el Estado”.

Un primer elemento que llama la atención es que siendo los partidos asociaciones de persona que deben compartir principios ideológicos y políticos, tengan como meta “ejercer influencia sobre el Estado para alcanzar el bien común y servir el interés nacional”. Es claro que se puede servir al bien común desde más de una perspectiva ideológica, pero es muy frecuente y muy humano que el bien común y el interés nacional sean dejados para un segundo tiempo, luego de haber impuesto la visión ideológica y política que se profesa. El Poder y su ejercicio es, muy frecuentemente, previo y mas potente que el interés en el bien común.

Es también aparente que el Estado (el Gobierno) no puede hacer política sin reducir el número de interlocutores a una cantidad relativamente menor de grupos, cuyas posiciones sean también identificables y más o menos permanentes. Pero esta aseveración, hoy día dejó de ser tan evidente y verdadera como lo fue hasta hace no muchos años.

La diferenciación entre los partidos políticos se ha ido reduciendo prácticamente a una: la importancia y prioridad relativa de la persona individual, versus la del colectivo y esto, dentro de niveles muy acotados debido a la existencia de una multitud de derechos de las personas mundialmente aceptados y exigidos y de necesidades de eficiencia económica y social, también compartidos en buena parte por toda la comunidad mundial que se rige por los valores de la democracia liberal.

Señala también que “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y expresión de la voluntad popular, son instrumento fundamental para la participación política democrática, contribuyen a la integración de la representación nacional y son mediadores entre las personas y el Estado”.

Es cuestionable si es que efectivamente “expresan el pluralismo político”, si en realidad “concurren a la formación y expresión de la voluntad popular”, si son instrumento para la “participación política democrática”, si “contribuyen a la integración de la representación nacional” y son “mediadores entre las personas y el Estado”. Funciones que en el pasado, incluso en el pasado reciente mal o bien en algo contribuían.

Una somera revisión nos muestra que todas estas funciones chocan frontalmente con la realidad, por lo menos con la realidad chilena.

En efecto, los partidos políticos ya no expresan pluralismo político. La forma en que se seleccionan y eligen los candidatos a un cargo que luego conformarán el Poder Legislativo, muestra que el primer factor a considerer, en realidad el que determina su elección, es el conocimento que el público tiene del aspirante al cargo, su popularidad o al menos su notoriedad, lo que no tiene nada que ver con su formación y solidez doctrinaria. Menos aun con su capacidad para usar esas ideas en el análisis, propuesta y selección de alternativas para resolver problemas o necesidades ciudadanas. En breve, para “compartir principios ideológicos y políticos” es necesario, primero,  tenerlos y segundo manejarlos teórica y practicamente con soltura.

En cuanto a su función de “concurrir a la formación y expresión de la voluntad popular”, se contradice con la forma en que los elegidos se relacionan con la ciudadanía. Su falta de formación no les permite alcanzar la distancia y superioridad intelectual y de gestión de una gran parte de los ciudadanos comunes, es decir, los ciudadanos influyen más sobre los políticos que éstos sobre aquellos. Por lo demás si su capital electoral se basa en su popularidad parece evidente que los políticos expresan mas el sentir ocasional de las masas que éstas la de aquellos, de otra manera, su popularidad se esfumaría.

Se señala también que “son instrumento fundamental para la participación política democrática”. El desarrollo tecnológico, y con ellos me refiero principalmente a las redes sociales (rrss), ha llevado a que las opiniones, deseos y demandas de los ciudadanos vayan muy por delante -en forma muy exigente e impositiva-, que las ideas, diagnósticos y propuestas. En realidad, el comportamento de los políticos trata de seguir las preferencia que impone “la calle” y solo ocasionalmente es capaz de adelantarse o dirigirlas. Su actividad frente a la ciudadanía se orienta a sorprender, asombrar, impactar, ser visto, divertir y atraer, cualquier cosa, menos nada parecido a la participación democrática.

Una campaña en redes sociales, violenta, bien coordinada y masiva puede crear y levantar estados de ánimo a los que políticos inexpertos sucumben con facilidad. Estados de ánimo que, por lo demás, se diluyen con la misma rapidez con que se crearon.

En este orden de cosas la creciente participación política de estudiantes secundarios primero, universitarios después y diversos otros grupos de tipo social e ideológicos extra sistema, han difundido una forma de activismo asambleísta en que los más organizados, más vocingleros o más violentos, pueden arrastrar a políticos poco y debilmente preparados, que cuentan solo con su imagen y “rostro”. Con poca experiencia, ansiosos por lograr o mantener su popularidad (y su reelección o paso a una instancia de poder más alta) que, tratando de evadir el maltrato via rrss, acceden o más bien los siguen dócilmente en sus exigencias  .

Esta práctica que se inició en los espacios públicos ciudadanos ha sido llevada al Congreso mismo, tanto por parte de sus miembros como por bandas llevada ex profeso por ellos mismos para llevar a cabo una práctica de amendrentamiento social y mediático, la funa, de incuestionable origen y práctica totalitaria.

Definitivamente, los miembros del Congreso no son mediadores entre la ciudadanía y el Estado, en el mejor de los casos son conectores entre las oligarquías partidistas y el Gobierno.

En efecto, los grupos controladores y administradores de los partidos tienen su futuro y la continuidad en sus cargos, amarrados a su permanencia en ellos. Así, los intereses del país y el bien común pasan primero por el tamiz de sus intereses personales que se materializa fundamentalmente mediante su habilidad para proveer candidatos llamativos y notorios que tengan posibilidades mas o menos seguras de ser reconocidos y seguidos por las audiencias sociales y públicas.     Si las elecciones son en realidad torneos de popularidad, parece evidente que contrariar los gustos y preferencias de una ciudadanía presa de un determinado estado de ánimo o directamente manipulada por las redes sociales, es un actividad de alto riesgo político.

Desde otra prespectiva, para un profesional de alto nivel, el costo alternativo entre iniciar o continuar una carrera política y hacerse a un lado, es muy alto. En una competencia de popularidad o fama circunstancial en competencia con actores famosos, mujeres atractivas, deportistas retirados, personajes de la farándula o payasos sociales, es demasiado alto, lo que lleva y ha llevado a un marcado descenso de la calidad humana y profesional de los políticos chilenos. Un profesional conocido y respetado no se expondrá en una competencia de popularidad con un conjunto de estrellas populares, ante un jurado emocional, masivo y muy manipulable.

Resolver este problema es dificil y requiere muchas medidas que cambien hábitos, estructuras de poder, costumbres y redes de activismo firmemente establecidas que suscitarán gran resistencia. Hay muchos intereses personales y corporativos involucrados, pero se puede, al menos yo creo que se puede.

Melosilla, 17 de Julio de 2020

Fernando Thauby García

UN PARTIDO PROGRAMÁTICO / UN FRENTE DE DERECHA

Es un lugar común decir que la derecha es antropófaga, y es cierto. Los odios más enconados y las descalificaciones más hipócritas se expresan en las puñaladas entre los líderes y caudillos que se dicen de derecha o peor, los que siendo de derecha se disfrazan de “centristas” para favorecer a la izquierda, como nuestro Presidente.

Si vamos al fondo de las diferencias entre los ciudadanos que se identifican con los valores de derecha, encontramos que, habiendo una similitud profunda entre todos ellos, las diferencias son las menos y es precisamente por eso mismo que, para diferenciarse, se las busca con ahínco, se las identifican y magnifican; se las ventilan, vocean y tiran por la cabeza, hasta parecer que son grupos que no tiene nada en común entre ellos y que ideológicamente están en las antípodas.

Por otro lado, su diferenciación respecto a la izquierda, que es muy profunda -insalvable digamos- es tan evidente, que todos destacan las escuálidas coincidencias cuando las encuentran y se felicitan, se regocijan y así los vemos hacer esfuerzos ridículos para distorsionar y camuflar sus diferencias de fondo, con tal de parecer dialogantes, flexibles, modernos, democráticos y ser protagonista en solitario, aunque sean protagonistas de una rendición o de una estupidez.

La historia de Chile es capaz de trazar hasta los comienzos mismos de la República las dos almas de derecha, los conservadores y los liberales. Sus diferencias si bien también eran formales, entroncaban con diferencias en sus formas sociales, de práctica religiosa, de modernidad y más o menos apertura al cambio social y cultural. Mientras la competencia fue solo entre ellas dos, la pugna más parecía a una diferenciación social y familiar, cuando el Partido Radical, laico y masón, se incorporó a la competencia política, este sistema bipolar se hizo triangular y más fluido.

Hasta ahí la competencia discurría dentro de la práctica de una cultura nacional, tradicional, democrática y más o menos respetuosa.

Todo cambió con la incorporación de los partidos ideológicos, el Partido Comunista y su hijo díscolo el Socialista y mas tarde la Democracia Cristiana, todos ellos igualmente iluminados, totalitarios, divisivos y excluyentes. Las derechas (ambas, liberal y conservadora) quedaron fuera del juego, divididas e incapaces de trabajar juntos, y así debieron resignarse a un papel desmedrado y subalterno, refugiándose en la resistencia y en defensa de los intereses económicos de sus miembros.

La Democracia Cristiana (DC) nacida para combatir al Comunismo en su propio terreno fue derrotada, cuando no cooptada o subvertida. En esta lucha las derechas se resignaron al “mal menor”, apoyar a la DC incondicionalmente y sin derecho a voz ni voto y, pese a todo, durante los Mil Días desastrosos de Allende y su gente, contribuyó notablemente a la derrota del marxismo.

Después del Gobierno Militar, las derechas se reconstituyeron, cada una por su lado, por unos años pensaron que los “negocios habían vuelto a lo normal”. No era así, el Comunismo en sus infinitos disfraces, volvió y otra vez los encontró divididos y se esforzó en mantenerlos así, con el inestimable apoyo las de estrellas ególatras y débiles mentales que les hicieron el juego.

Esta última crisis, la del intento de golpe de estado de la Izquierda, la del asalto al gobierno por parte de turbas de delincuentes apoyados por políticos, simpatizantes de izquierda y financiados por sus mandantes caribeños, una vez más estuvieron cerca de destruir definitivamente al país.

En estos días vemos a Piñera haciendo una gran labor para agudizar las contradicciones entre las derechas y a éstas, encerradas en sus peleas ridículas y sus competencias por quienes será los protagonistas de la rendición y demolición de Chile.

Basta!. Si no son capaces de colaborar entre ellos, que se vayan, o los ciudadanos los sacamos a empujones. Por todas partes se mueven diferentes propuestas en esa dirección, se proponen separaciones amistosas o divorcios violentos, incluso violencia intrafamiliar y hasta asesinatos pasionales.

Me pregunto ¿por qué no armar un Frente de Derecha o un Partido Programático?, una unión de todos los tipos o clases de derechas y centros existentes, en torno a un conjunto de ideas y acciones: pocas, claras, profundas y eficientes.

Podrían los próceres de ese sector dejar, por un momento, sus rencillas y sus pequeñeces de lado y conformar un grupo que, aunque no satisfaga en todo a todos, por lo menos lo haga en parte a una parte sustancial de la gente.

Si no lo hacen, ha llegado el momento de seguir adelante sin ellos y organizarnos para el combate.

No tenemos por que seguir siendo rehenes de una clase la política mezquina y rastrera que nos atormenta y arruina, hasta llevarnos al suicidio.

Hay otra gente con ideas, inteligentes y decentes; ¿por qué seguir enredados en riñas de viejos cracks tramposos y llenos de mañas?.

Busquemos quién nos lidere; que organice un grupo de gente capaz con los cuales diseñar un programa concreto, razonable y factible. Enseguida a designar y elegir un candidato presidencial que nos gobierne apoyado por una cámara y un senado provistos de la misma manera.

Si los que deberían liderarnos no tienen las condiciones, no quieren o pueden hacerlo, es hora de tomar nuestro destino directamente en nuestras manos.

Somos más y somos mejores.

Fernando Thauby García

Melosilla

8 de Julio de 2020

Hegemonia Cultural de la IzquierdaViolencia e Ilegalidad

Durante muchos años, la izquierda luchó en forma intensa e implacable por la hegemonía cultural en nuestro país y la consiguió.

La izquierda fue derrotada inapelablemente por el Gobierno Militar en el campo de batalla elegido y practicado por ella misma. En efecto, los militares abortaron por la fuerza el intento de la izquierda de capturar el poder político por medio de la violencia terrorista y guerrillera, en vez de lo cual los militares implantaron formas políticas y económicas que llevaron al país a alturas inimaginables para los menguados chilenos de aquel entonces.

El llanto y victimización constante -pos 1973- de los derrotados es risible e inmoral, pero fue eficaz y suficiente para acobardar a la derecha que se entregó sin pelear y que buscó su recompensa en el enriquecimiento ilimitado y el uso del poder por parte de su líderes.

Este proceso fue facilitado grandemente por su cobardía fisica y moral que se resignó a ser arrinconada física y moralmente y abandonó a las FFAA a la venganza de sus enemigos que siguen abusando hasta hoy día.

Esta rendición se reforzó con la codicia despiadada y la soberbia de la derecha económica, parte integral de la misma, y el asesinato -hasta hoy impune- del senador Jaime Guzmán, mayor y quizás único intelectual de fuste disponible en ese sector. La derecha económica sigue soñando que tiene poder porque tiene dinero, cuando la verdad es exactamente al revés: tiene dinero porque el Gobierno Militar los proveyó de un ambiente en el cual pudieron enriquecerse, y que cuando heredaron un poder político que no merecían no lo supieron emplear para el bien de los chilenos y no han sido capaces de conservarlo, ni siquiera para proteger sus propias ganancias

Para lo que aquí nos interesa, parte fundamental de esta campaña por la hegemonía cultural – el uso de la violencia y la distorsión e incumplimiento de las leyes- se basa en los conceptos tratados, entre otros,  por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en “Hacia una radicalización de la democracia”.

En ella se explota la idea de la centralidad atribuída al lenguaje en áreas cada vez más amplias de las relaciones sociales y la existencia de agentes sociales concebidos ahora como sujetos descentralizados que actualmente se presentan casi atomizados.

Asi, la propuesta ideológica más o menos simple del italiano Antonio Gramsci adquirió un método concreto para su aplicación a las operaciones políticas.

Esta estrategia socialista operó a través de multiples campañas de las cuales me referiré solo a dos -la violencia y la prostitución del derecho- que pueden apreciarse con precisión en el comportamiento de sus líderes:

-La izquierda chilena y la violencia política. Es sabido que el marxismo de los partidos de izquierda de Chile, incluye “todas las formas de lucha”, limitadas solo por su incapacidad e impotencia.

En la década previa a 1973 fuimos notificados que habría revolución socialista, si o si, por la buenas o por las malas, por vía electoral o la violenta. Allende fue explícito con Regís Debray, las elecciones fueron solo una necesidad táctica no una convicción democrática.

Hasta el día de hoy, sus representantes siguen repitiendo impúdicamente lo de la validez de “todas las formas de lucha”.

Ya “en democracia”, como gustan decir los golpistas, Bachelet expresó pública y festivamente: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha tiembla”. No causó escándalo alguno, era “sabido” y era “normal”.

Los dichos de la ex Presidente significan que para ella y su grupo:

  • La izquierda sabe hacer violencia política y callejera.
  • La derecha chilena teme a la violencia.
  • El uso de la violencia da poder político a la izquierda.

 La actual izquierda política y la violencia callejera son compañeras de ruta. Argumentan que esa es la respuesta del pueblo a la violencia institucional y armada de la oligarquía. Resta credibilidad a esta defensa el que la violencia pre – 1973 y ahora “en democracia” la hayan incorporado igual a su estrategia, aun estando en el gobierno y teniendo bajo su control no solo el uso legítimo de la violencia, sino estando a cargo de la seguridad pública y la protección de los derechos de toda la ciudadanía.

Este comportamiento de sus líderes que usaron, permitieron y avalaron la violencia expresada en funas, destrucción de la ciudad, saqueos, tomas, golpes a sus oponentes, uso de bombas incendiarias contra la policía, campañas mediáticas y muchas otras formas mas -mas allá de toda excusa- es inmoral, antidemocrático e ilegal.

Este es -hoy y siempre- un componente básico de la hegemonía cultural de la izquierda.

Para la Izquierda chilena, la ley y la Constitución son solo herramientas políticas de uso dual, para potenciar su poder cuando no tienen otra alternativa o para pasarles por encima cuando el enemigo esté paralizado o impotente.

En este sentido, la idea “burguesa” de que esos cuerpos legales son la expresión formal de una negociación democrática y la expresión de un acuerdo ciudadano, les es totalmente extraña y desconocida

Durante el segundo gobierno de Bachelet, la izquierda en el poder popularizó este desprecio en un slogan; “Estamos corriendo el cerco”, es decir, los límites sociales acordados y aprobados legal y Constitucionalmente por la ciudadanía eran solo temporales, sujetos a revisión unilateral y despreciables.

La actual campaña por la demolición del Poder Ejecutivo, en beneficio de un Parlamentarsimo irresponsable y demagógico, es regentado hoy día por ellos mismos. Mañana, cuando ya no controlen el Congreso, sus empeños apuntarán en otra dirección y los objetos de sus ataques y sabotaje serán aquellos que potencien su actuar partidista e ideológico.

La ley y la Constitución, como elementos normativos básicos y intangibles, como no sea mediante los procedimientos que ellas mismas establecen, para la izquierda no tienen valor alguno, son solo “condiciones tácticas”.

Todo puede ser cambiado, reinterpretado y distorsionado, solo es cuestión de oportunismo, haber acumulado el poder suficiente o peor, haber sobornado o atemorizado a los representantes de la oposición en el Congreso también es válido.

La falta de compromiso y lealtad con los fundamentos Legales y Constitucionales reducen nuestra convivencia ciudadana a una vulgar transancción entre bandidos repartiéndose el botín después del asalto. Esta impudicia sustenta también la “hegemonía cultural” socialista. Lo peor, esta grave falla moral ha ido siendo incorporada paulatinamente al comportamiento de algunos políticos de derecha.

Nos aproximamos al final del camino. El asalto al poder el 18 de Octubre de 2019 y la adhesión instantánea de sus cuadros dirigentes, mecánica y casi unánime, así lo confirma y muestra su permanente disposición a pasar a la violencia (via armada o asalto de las turbas) y simultáneamente a desconocer e irrespetar toda institucionalidad.

Por un lado, la presunta hegemonia cultural de la izquierda se estrella contra la reiterada demostración de su  incapacidad para producir riquezas y por otro, por el desfonde de su ideología totalitaria y liberticida, la ha llevado a quedar reducida a ser promotores de minorías cada vez mas decadentes, exiguas y vocingleras. Solo les queda el ataque, cada día se corrompen más.

Debemos estar conscientes de que su presencia en los nodos de decisión es groseramente desproporcioanda a su poder real; es el resultado de la manipulación del lenguaje, los discursos demagógicos y las pillerías propias de su bajeza astuta.

No hay tal hegemonía y si la hubo, es momento de eliminarla.

Ya no queda tiempo, es hora de no temblar, aunque la izquierda salga a la calle.

No esperemos nada de la clase política, no a menos de que se renueve íntegra y profundamente

Fernando Thauby García

Melosilla

6 de julio de 2020

LA CLASE POLÍTICA Y LA DEMOCRACIA

Chile se encuentra dando una dura batalla contra una pandemia que -en todo el mundo- causa alarma y produce efectos económicos devastadores a corto y mediano plazo. La vida social se ve empobrecida y reducida a su mínima expresión. Los sistemas de comunicaciones se ven exigidos al máximo, mientras otras actividades simplemente se detienen por completo. La cadena de abastecimientos y distribución de elementos básicos para la vida está amenazada y cada día la sentimos más vulnerable. El gobierno debe tomar y está tomando medidas de todo orden para reducir los daños a la salud de las personas, a su situación económica, a la educación y a la prevención y contención de la expansión del virus. La Clase Política por su parte, en medio de esta crisis, pone su mayor esfuerzo e interés en el proceso para un eventual cambio o modificación de la Constitución, la recalendarización de procesos electorales de diversos niveles incluso de Gobernadores que eventualmente podrían ser eliminados y en la negociación de cuotas de poder. Está inmersa en los asuntos y materias relacionados con la distribución del poder político entre los diversos partidos y coaliciones y enfrenta el despacho de leyes sociales propuestas por el Ejecutivo con un ojo puesto en el posicionamiento de los partidos y parlamentarios en la pugna constitucional y en las futuras elecciones de todo tipo. Este comportamiento, habitual en Chile desde hace ya algunos años, se ha magnificado hasta la caricatura y esta deformación es puesta de relieve por la cruda divergencia entre los intereses reales de las personas y los de la Clase Política. Se dice que la soberanía recae en el Pueblo que diseña, propone, aprueba y controla al Estado y sus instituciones. Se dice que el Estado y la burocracia estatal están al servicio de la gente y que son responsables ante ella. También que el Estado y sus funcionarios le deben respeto al Pueblo. Se asegura que los representantes del Pueblo (los diputados y senadores) a través de los cuales delega el funcionamiento de su soberanía, está sometida a control ciudadano y que de esta forma son la gente, las familias y sus organizaciones, las que deciden sobre sus instituciones, su funcionamiento y su relación con la ciudadanía. Es evidente que esta no es la democracia que tenemos en Chile. En nuestro país los aspirantes a “representar” los intereses del Pueblo, a controlar al Estado y a asegurar la supremacía de la soberanía popular, son designados por los Partidos Políticos tras delicadas, complejas y oscuras negociaciones en que la participación popular está completamente ausente. La participación de los representados se limita a elegir entre un número de personas designadas por los Partidos, muchas de las cuales son completamente desconocidas por la ciudadanía e incluso desconocedoras del lugar y las personas a representar. La capacidad de supervisión, la recepción de información de su gestión y la consulta a la ciudadanía ante situaciones y problemas que emergen de la vida diaria de la gente, es completamente inexistente. Hemos llegado a que los representantes son “autoridades”, ante las cuales el Pueblo debe respeto, reverencia y aquiescencia. De hecho, la relación entre los “representantes” y sus “representados” es el de una autoridad poseedora de poder y una ciudadanía que obedece, sigue y acata. El pueblo es una figura retórica de hecho excluida en favor de un Estado materializado en instituciones, representaciones, burocracias y grupos que se alimentan recíprocamente y de las cuales el Pueblo está completamente excluido. La pregunta que cabe es: ¿Qué es lo que no funciona?, ¿es que la Constitución no provee un diseño institucional que disponga y exija la distribución y uso del poder bajo el control de la soberanía popular?, o es que disponiéndola, los usos y formas en que el Estado desarrolla su gestión ha sido desvirtuándolas en beneficio de una “Clase Política” autonomizada y alejada de sus mandantes. En Chile podemos ver un Estado disfuncional en el que sus tres componentes fundamentales, el Poder Ejecutivo y su estructura de servicios, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, han sido capturados por grupos de diversa naturaleza con alianzas y complicidades cruzadas que usan y abusan del poder que administran y consideran de su propiedad. La forma en que actúa la Clase Política en los momentos actual gráfica en forma muy clara y concreta como los intereses relacionados con la captura y apropiación de cuotas de poder político, de la promoción de sus ideologías, de la continuidad y avance de las “carreras políticas” de sus miembros, es privilegiado en beneficio de los intereses personales y corporativos y que su comportamiento frente a la aprobación de leyes fundamentales para la vida del Pueblo son pospuestos o empleados como arma para la lucha por el poder. Parece evidente que para tener una mejor democracia, el problema de nuestro país no reside en la Constitución sino de la conformación, funcionamiento y calidad del Estado.