UN PARTIDO PROGRAMÁTICO / UN FRENTE DE DERECHA

Es un lugar común decir que la derecha es antropófaga, y es cierto. Los odios más enconados y las descalificaciones más hipócritas se expresan en las puñaladas entre los líderes y caudillos que se dicen de derecha o peor, los que siendo de derecha se disfrazan de “centristas” para favorecer a la izquierda, como nuestro Presidente.

Si vamos al fondo de las diferencias entre los ciudadanos que se identifican con los valores de derecha, encontramos que, habiendo una similitud profunda entre todos ellos, las diferencias son las menos y es precisamente por eso mismo que, para diferenciarse, se las busca con ahínco, se las identifican y magnifican; se las ventilan, vocean y tiran por la cabeza, hasta parecer que son grupos que no tiene nada en común entre ellos y que ideológicamente están en las antípodas.

Por otro lado, su diferenciación respecto a la izquierda, que es muy profunda -insalvable digamos- es tan evidente, que todos destacan las escuálidas coincidencias cuando las encuentran y se felicitan, se regocijan y así los vemos hacer esfuerzos ridículos para distorsionar y camuflar sus diferencias de fondo, con tal de parecer dialogantes, flexibles, modernos, democráticos y ser protagonista en solitario, aunque sean protagonistas de una rendición o de una estupidez.

La historia de Chile es capaz de trazar hasta los comienzos mismos de la República las dos almas de derecha, los conservadores y los liberales. Sus diferencias si bien también eran formales, entroncaban con diferencias en sus formas sociales, de práctica religiosa, de modernidad y más o menos apertura al cambio social y cultural. Mientras la competencia fue solo entre ellas dos, la pugna más parecía a una diferenciación social y familiar, cuando el Partido Radical, laico y masón, se incorporó a la competencia política, este sistema bipolar se hizo triangular y más fluido.

Hasta ahí la competencia discurría dentro de la práctica de una cultura nacional, tradicional, democrática y más o menos respetuosa.

Todo cambió con la incorporación de los partidos ideológicos, el Partido Comunista y su hijo díscolo el Socialista y mas tarde la Democracia Cristiana, todos ellos igualmente iluminados, totalitarios, divisivos y excluyentes. Las derechas (ambas, liberal y conservadora) quedaron fuera del juego, divididas e incapaces de trabajar juntos, y así debieron resignarse a un papel desmedrado y subalterno, refugiándose en la resistencia y en defensa de los intereses económicos de sus miembros.

La Democracia Cristiana (DC) nacida para combatir al Comunismo en su propio terreno fue derrotada, cuando no cooptada o subvertida. En esta lucha las derechas se resignaron al “mal menor”, apoyar a la DC incondicionalmente y sin derecho a voz ni voto y, pese a todo, durante los Mil Días desastrosos de Allende y su gente, contribuyó notablemente a la derrota del marxismo.

Después del Gobierno Militar, las derechas se reconstituyeron, cada una por su lado, por unos años pensaron que los “negocios habían vuelto a lo normal”. No era así, el Comunismo en sus infinitos disfraces, volvió y otra vez los encontró divididos y se esforzó en mantenerlos así, con el inestimable apoyo las de estrellas ególatras y débiles mentales que les hicieron el juego.

Esta última crisis, la del intento de golpe de estado de la Izquierda, la del asalto al gobierno por parte de turbas de delincuentes apoyados por políticos, simpatizantes de izquierda y financiados por sus mandantes caribeños, una vez más estuvieron cerca de destruir definitivamente al país.

En estos días vemos a Piñera haciendo una gran labor para agudizar las contradicciones entre las derechas y a éstas, encerradas en sus peleas ridículas y sus competencias por quienes será los protagonistas de la rendición y demolición de Chile.

Basta!. Si no son capaces de colaborar entre ellos, que se vayan, o los ciudadanos los sacamos a empujones. Por todas partes se mueven diferentes propuestas en esa dirección, se proponen separaciones amistosas o divorcios violentos, incluso violencia intrafamiliar y hasta asesinatos pasionales.

Me pregunto ¿por qué no armar un Frente de Derecha o un Partido Programático?, una unión de todos los tipos o clases de derechas y centros existentes, en torno a un conjunto de ideas y acciones: pocas, claras, profundas y eficientes.

Podrían los próceres de ese sector dejar, por un momento, sus rencillas y sus pequeñeces de lado y conformar un grupo que, aunque no satisfaga en todo a todos, por lo menos lo haga en parte a una parte sustancial de la gente.

Si no lo hacen, ha llegado el momento de seguir adelante sin ellos y organizarnos para el combate.

No tenemos por que seguir siendo rehenes de una clase la política mezquina y rastrera que nos atormenta y arruina, hasta llevarnos al suicidio.

Hay otra gente con ideas, inteligentes y decentes; ¿por qué seguir enredados en riñas de viejos cracks tramposos y llenos de mañas?.

Busquemos quién nos lidere; que organice un grupo de gente capaz con los cuales diseñar un programa concreto, razonable y factible. Enseguida a designar y elegir un candidato presidencial que nos gobierne apoyado por una cámara y un senado provistos de la misma manera.

Si los que deberían liderarnos no tienen las condiciones, no quieren o pueden hacerlo, es hora de tomar nuestro destino directamente en nuestras manos.

Somos más y somos mejores.

Fernando Thauby García

Melosilla

8 de Julio de 2020

Hegemonia Cultural de la IzquierdaViolencia e Ilegalidad

Durante muchos años, la izquierda luchó en forma intensa e implacable por la hegemonía cultural en nuestro país y la consiguió.

La izquierda fue derrotada inapelablemente por el Gobierno Militar en el campo de batalla elegido y practicado por ella misma. En efecto, los militares abortaron por la fuerza el intento de la izquierda de capturar el poder político por medio de la violencia terrorista y guerrillera, en vez de lo cual los militares implantaron formas políticas y económicas que llevaron al país a alturas inimaginables para los menguados chilenos de aquel entonces.

El llanto y victimización constante -pos 1973- de los derrotados es risible e inmoral, pero fue eficaz y suficiente para acobardar a la derecha que se entregó sin pelear y que buscó su recompensa en el enriquecimiento ilimitado y el uso del poder por parte de su líderes.

Este proceso fue facilitado grandemente por su cobardía fisica y moral que se resignó a ser arrinconada física y moralmente y abandonó a las FFAA a la venganza de sus enemigos que siguen abusando hasta hoy día.

Esta rendición se reforzó con la codicia despiadada y la soberbia de la derecha económica, parte integral de la misma, y el asesinato -hasta hoy impune- del senador Jaime Guzmán, mayor y quizás único intelectual de fuste disponible en ese sector. La derecha económica sigue soñando que tiene poder porque tiene dinero, cuando la verdad es exactamente al revés: tiene dinero porque el Gobierno Militar los proveyó de un ambiente en el cual pudieron enriquecerse, y que cuando heredaron un poder político que no merecían no lo supieron emplear para el bien de los chilenos y no han sido capaces de conservarlo, ni siquiera para proteger sus propias ganancias

Para lo que aquí nos interesa, parte fundamental de esta campaña por la hegemonía cultural – el uso de la violencia y la distorsión e incumplimiento de las leyes- se basa en los conceptos tratados, entre otros,  por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en “Hacia una radicalización de la democracia”.

En ella se explota la idea de la centralidad atribuída al lenguaje en áreas cada vez más amplias de las relaciones sociales y la existencia de agentes sociales concebidos ahora como sujetos descentralizados que actualmente se presentan casi atomizados.

Asi, la propuesta ideológica más o menos simple del italiano Antonio Gramsci adquirió un método concreto para su aplicación a las operaciones políticas.

Esta estrategia socialista operó a través de multiples campañas de las cuales me referiré solo a dos -la violencia y la prostitución del derecho- que pueden apreciarse con precisión en el comportamiento de sus líderes:

-La izquierda chilena y la violencia política. Es sabido que el marxismo de los partidos de izquierda de Chile, incluye “todas las formas de lucha”, limitadas solo por su incapacidad e impotencia.

En la década previa a 1973 fuimos notificados que habría revolución socialista, si o si, por la buenas o por las malas, por vía electoral o la violenta. Allende fue explícito con Regís Debray, las elecciones fueron solo una necesidad táctica no una convicción democrática.

Hasta el día de hoy, sus representantes siguen repitiendo impúdicamente lo de la validez de “todas las formas de lucha”.

Ya “en democracia”, como gustan decir los golpistas, Bachelet expresó pública y festivamente: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha tiembla”. No causó escándalo alguno, era “sabido” y era “normal”.

Los dichos de la ex Presidente significan que para ella y su grupo:

  • La izquierda sabe hacer violencia política y callejera.
  • La derecha chilena teme a la violencia.
  • El uso de la violencia da poder político a la izquierda.

 La actual izquierda política y la violencia callejera son compañeras de ruta. Argumentan que esa es la respuesta del pueblo a la violencia institucional y armada de la oligarquía. Resta credibilidad a esta defensa el que la violencia pre – 1973 y ahora “en democracia” la hayan incorporado igual a su estrategia, aun estando en el gobierno y teniendo bajo su control no solo el uso legítimo de la violencia, sino estando a cargo de la seguridad pública y la protección de los derechos de toda la ciudadanía.

Este comportamiento de sus líderes que usaron, permitieron y avalaron la violencia expresada en funas, destrucción de la ciudad, saqueos, tomas, golpes a sus oponentes, uso de bombas incendiarias contra la policía, campañas mediáticas y muchas otras formas mas -mas allá de toda excusa- es inmoral, antidemocrático e ilegal.

Este es -hoy y siempre- un componente básico de la hegemonía cultural de la izquierda.

Para la Izquierda chilena, la ley y la Constitución son solo herramientas políticas de uso dual, para potenciar su poder cuando no tienen otra alternativa o para pasarles por encima cuando el enemigo esté paralizado o impotente.

En este sentido, la idea “burguesa” de que esos cuerpos legales son la expresión formal de una negociación democrática y la expresión de un acuerdo ciudadano, les es totalmente extraña y desconocida

Durante el segundo gobierno de Bachelet, la izquierda en el poder popularizó este desprecio en un slogan; “Estamos corriendo el cerco”, es decir, los límites sociales acordados y aprobados legal y Constitucionalmente por la ciudadanía eran solo temporales, sujetos a revisión unilateral y despreciables.

La actual campaña por la demolición del Poder Ejecutivo, en beneficio de un Parlamentarsimo irresponsable y demagógico, es regentado hoy día por ellos mismos. Mañana, cuando ya no controlen el Congreso, sus empeños apuntarán en otra dirección y los objetos de sus ataques y sabotaje serán aquellos que potencien su actuar partidista e ideológico.

La ley y la Constitución, como elementos normativos básicos y intangibles, como no sea mediante los procedimientos que ellas mismas establecen, para la izquierda no tienen valor alguno, son solo “condiciones tácticas”.

Todo puede ser cambiado, reinterpretado y distorsionado, solo es cuestión de oportunismo, haber acumulado el poder suficiente o peor, haber sobornado o atemorizado a los representantes de la oposición en el Congreso también es válido.

La falta de compromiso y lealtad con los fundamentos Legales y Constitucionales reducen nuestra convivencia ciudadana a una vulgar transancción entre bandidos repartiéndose el botín después del asalto. Esta impudicia sustenta también la “hegemonía cultural” socialista. Lo peor, esta grave falla moral ha ido siendo incorporada paulatinamente al comportamiento de algunos políticos de derecha.

Nos aproximamos al final del camino. El asalto al poder el 18 de Octubre de 2019 y la adhesión instantánea de sus cuadros dirigentes, mecánica y casi unánime, así lo confirma y muestra su permanente disposición a pasar a la violencia (via armada o asalto de las turbas) y simultáneamente a desconocer e irrespetar toda institucionalidad.

Por un lado, la presunta hegemonia cultural de la izquierda se estrella contra la reiterada demostración de su  incapacidad para producir riquezas y por otro, por el desfonde de su ideología totalitaria y liberticida, la ha llevado a quedar reducida a ser promotores de minorías cada vez mas decadentes, exiguas y vocingleras. Solo les queda el ataque, cada día se corrompen más.

Debemos estar conscientes de que su presencia en los nodos de decisión es groseramente desproporcioanda a su poder real; es el resultado de la manipulación del lenguaje, los discursos demagógicos y las pillerías propias de su bajeza astuta.

No hay tal hegemonía y si la hubo, es momento de eliminarla.

Ya no queda tiempo, es hora de no temblar, aunque la izquierda salga a la calle.

No esperemos nada de la clase política, no a menos de que se renueve íntegra y profundamente

Fernando Thauby García

Melosilla

6 de julio de 2020

LA CLASE POLÍTICA Y LA DEMOCRACIA

Chile se encuentra dando una dura batalla contra una pandemia que -en todo el mundo- causa alarma y produce efectos económicos devastadores a corto y mediano plazo. La vida social se ve empobrecida y reducida a su mínima expresión. Los sistemas de comunicaciones se ven exigidos al máximo, mientras otras actividades simplemente se detienen por completo. La cadena de abastecimientos y distribución de elementos básicos para la vida está amenazada y cada día la sentimos más vulnerable. El gobierno debe tomar y está tomando medidas de todo orden para reducir los daños a la salud de las personas, a su situación económica, a la educación y a la prevención y contención de la expansión del virus. La Clase Política por su parte, en medio de esta crisis, pone su mayor esfuerzo e interés en el proceso para un eventual cambio o modificación de la Constitución, la recalendarización de procesos electorales de diversos niveles incluso de Gobernadores que eventualmente podrían ser eliminados y en la negociación de cuotas de poder. Está inmersa en los asuntos y materias relacionados con la distribución del poder político entre los diversos partidos y coaliciones y enfrenta el despacho de leyes sociales propuestas por el Ejecutivo con un ojo puesto en el posicionamiento de los partidos y parlamentarios en la pugna constitucional y en las futuras elecciones de todo tipo. Este comportamiento, habitual en Chile desde hace ya algunos años, se ha magnificado hasta la caricatura y esta deformación es puesta de relieve por la cruda divergencia entre los intereses reales de las personas y los de la Clase Política. Se dice que la soberanía recae en el Pueblo que diseña, propone, aprueba y controla al Estado y sus instituciones. Se dice que el Estado y la burocracia estatal están al servicio de la gente y que son responsables ante ella. También que el Estado y sus funcionarios le deben respeto al Pueblo. Se asegura que los representantes del Pueblo (los diputados y senadores) a través de los cuales delega el funcionamiento de su soberanía, está sometida a control ciudadano y que de esta forma son la gente, las familias y sus organizaciones, las que deciden sobre sus instituciones, su funcionamiento y su relación con la ciudadanía. Es evidente que esta no es la democracia que tenemos en Chile. En nuestro país los aspirantes a “representar” los intereses del Pueblo, a controlar al Estado y a asegurar la supremacía de la soberanía popular, son designados por los Partidos Políticos tras delicadas, complejas y oscuras negociaciones en que la participación popular está completamente ausente. La participación de los representados se limita a elegir entre un número de personas designadas por los Partidos, muchas de las cuales son completamente desconocidas por la ciudadanía e incluso desconocedoras del lugar y las personas a representar. La capacidad de supervisión, la recepción de información de su gestión y la consulta a la ciudadanía ante situaciones y problemas que emergen de la vida diaria de la gente, es completamente inexistente. Hemos llegado a que los representantes son “autoridades”, ante las cuales el Pueblo debe respeto, reverencia y aquiescencia. De hecho, la relación entre los “representantes” y sus “representados” es el de una autoridad poseedora de poder y una ciudadanía que obedece, sigue y acata. El pueblo es una figura retórica de hecho excluida en favor de un Estado materializado en instituciones, representaciones, burocracias y grupos que se alimentan recíprocamente y de las cuales el Pueblo está completamente excluido. La pregunta que cabe es: ¿Qué es lo que no funciona?, ¿es que la Constitución no provee un diseño institucional que disponga y exija la distribución y uso del poder bajo el control de la soberanía popular?, o es que disponiéndola, los usos y formas en que el Estado desarrolla su gestión ha sido desvirtuándolas en beneficio de una “Clase Política” autonomizada y alejada de sus mandantes. En Chile podemos ver un Estado disfuncional en el que sus tres componentes fundamentales, el Poder Ejecutivo y su estructura de servicios, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, han sido capturados por grupos de diversa naturaleza con alianzas y complicidades cruzadas que usan y abusan del poder que administran y consideran de su propiedad. La forma en que actúa la Clase Política en los momentos actual gráfica en forma muy clara y concreta como los intereses relacionados con la captura y apropiación de cuotas de poder político, de la promoción de sus ideologías, de la continuidad y avance de las “carreras políticas” de sus miembros, es privilegiado en beneficio de los intereses personales y corporativos y que su comportamiento frente a la aprobación de leyes fundamentales para la vida del Pueblo son pospuestos o empleados como arma para la lucha por el poder. Parece evidente que para tener una mejor democracia, el problema de nuestro país no reside en la Constitución sino de la conformación, funcionamiento y calidad del Estado.

Crisis en Chile: ANÁLISIS DE ACTORES Y UNA EVENTUAL SALIDA

En las últimas semanas han salido varios análisis de lo acontecido en Chile. Se podría decir que en general todos manejan los mismos datos y lo que varía es la solidez, profundidad y amplitud del análisis. Uno de los mejores que he leído es “Pensar el Malestar” de Carlos Peña. Creo que es un aporte muy valioso y oportuno, no es para todo público y sabemos que los interesados en profundizar en este tipo de análisis constituye un auditorio mas bien reducido.

Sin pretender competir con tan afamados analistas, les propondré una aproximación mas simple, directa, esquemática y operativa que, creo, puede ayudarlos a armar un cuadro para el seguimiento de los eventos actuales y futuros.

Los actores y sus relaciones entre si, son relativamente fáciles de identificar; sus motivaciones e intenciones es mas difícil. El actor mas difícil es, sin duda, la izquierda, que incluye grupos y personas muy diversas y complejas. Hay actores sobrevalorados en cuanto a su importancia y también algunos enigmáticos o desconocidos.

A mi juicio, hay grupos que llevan la iniciativa estratégica -imponen los objetivos por los que se lucha y tratan de manejar la forma y lugar en que esa lucha se desarrolla-En este ámbito hay cuatro actores cuya actividad, objetivos y protagonismo ha ido cambiado durante el proceso.

  • El primero es un grupo de ex actores políticos y sociales en el Gobierno de la Unidad Popular, que nunca se resignaron a la derrota política que les impuso el Gobierno Militar y no abandonaron las ilusiones de revertir el resultado de esa primera batalla. Su argumentación se centró en poner de relieve las deficiencias del Modelo. Dado que éste fue indiscutiblemente exitoso, sus criticas se situaron en aquellas áreas con mucha carga emotiva y en aspiraciones de alta subjetividad e imposibles de satisfacer por completo.

La parte política e ideológica de esta campaña fue alrededor de aspectos que, teniendo una base de realidad, eran el resultado de la propia gestión de los gobiernos de la Concertación, que apoyaban, de los cuales tuvieron que separar camas sin abandonar sus posiciones y beneficios de todo orden. Me refiero a los “autoflagelantes”.

Nunca excluyeron por completo “el empleo de todas las formas de lucha”. Y su ideología podría condensarse en “ni perdón ni olvido” y “mejor pobres e iguales que ricos y con distribución desigual de la riqueza”. No creen en la democracia; si en el Estado protagonista y líder.

  • El segundo fueron los sinceramente “renovados” que siendo los intelectualmente mas hábiles, capturaron los puestos de poder en el Estado -Poder Judicial, Poder Ejecutivo (gobernaron 30 de 35 años) y Poder Legislativo (a veces con mayoría en el Congreso)-. Establecieron mecanismos para crear grupos clientelares muy extendidos y sólidos – en empresas del estado, en los servicios estatales, en organismos autónomos financiados por el estado, en ONGs, centros semi académicos y cargos inamovibles y bien remunerados en todos los ministerios (los operadores). Los directivos de este nivel organizaron un flujo y reflujo de personas entre la empresa privada y los cargos gubernamentales y parlamentarios.

Este sector se alejó completamente de la ciudadanía, conservando firmemente su clientela electoral lo que le permitió asegurar el control político. Este nivel se sumergió en la corrupción y en el cohecho promovido por el gran empresariado nacional formando una asociación de beneficios mutuos que nadie (ninguno de los Poderes del Estado) quiso ni pudo investigar y sancionar.

Este fenómeno, uno de los culpables de la desmoralización de la sociedad, se aceleró durante el Gobierno de Bachelet que concluyó debilitando el crecimiento económico y poniendo en evidencia la desigualdad entre los tipos de ciudadanos existentes en Chile.

  • El tercer Grupo es la derecha en sus dos vertientes firmemente entrelazadas: la derecha política y la derecha económica. Con el asesinato de Jaime Guzmán la UDI murió política e intelectualmente, RN no despegó nunca. Abandonaron las poblaciones y la actividad política, se aislaron del pueblo, se encerraron en sus negocios particulares y en proveer un buen servicio a los empresarios que financiaron sus candidaturas.

Los empresarios, asociados con parlamentarios de ambas tendencias políticas, se dedicaron a ganar dinero en forma legítima e ilegítima, armaron carteles, se coludieron para robar a los consumidores, abusaron de información privilegiada y de su influencia a través de sus parlamentarios/empleados. Ninguno, nunca, fue a la cárcel. Todos zafaron fácilmente.

Constituyó una potente contribución a la desmoralización nacional y una burla a la meritocracia, la honradez y el esfuerzo personal

  • El cuarto Grupo, constituido por la clase media tradicional y la emergente, alejada de la Clase Política. Mayormente “privatizados”, -sea como Pimes o como empleados de empresas privadas-, políticamente desorganizados y carentes de experiencia de lucha callejera.

Este grupo se manifestó una sola vez, el 25 de Octubre, en forma masiva -casi un millón de personas-, pacífica, apolítica, familiar, respetuosa y democrática, rechazaron la presencia y protagonismo de políticos de todas las layas y no exhibieron pancartas ni banderas, otras que la bandera nacional.

Mostraron su tremendo número y enviaron un mensaje muy potente, pero el Gobierno fue incapaz de recibirlo; la Clase Política no quiso competidores en su feudo y los ignoró; los Autoflagelantes, la izquierda revolucionaria, no tenía nada que decirles. Para las turbas violentas, eran despreciables en todo orden de cosas.

Simultáneamente, en una segunda línea, se cocinaba a fuego lento una fuerza variopinta de desadaptados diversos que agruparé bajo “el nombre de Turba Violenta (TV): anarquistas que en Valparaíso promovían “a tomarse las fábricas”!, como si en Valparaíso hubiera alguna, mas allá de algún modesto taller de cuchuflíes, y rayaban las murallas con mensajes estúpidos y obsoletos que denunciaban su bajo intelecto. Traficantes de drogas al menudeo, con sus proveedores santiaguinos y su clientela de milennials de “finde”, convenientemente apoyados por miembros de la Clase Política. Barras bravas en connivencia con los dueños de los equipos profesionales. Niños escolares, abandonados por sus padres y políticamente abusados por sus profesores y mentores políticos, y una amplia diversidad de pornógrafos, desviados sexuales y minorías varias, promotoras conductas y causas contra la razón.

Estas personas tuvieron el motor para su expresión política en el área menos pensada: los asistentes al Instituto Nacional (IN) (me da vergüenza llamarlos estudiantes).

Ninguno de ellos tenía la tracción necesaria para movilizar una masa significativa de personas; este protagonismo fue asumido por los violentos del IN que en forma crecientemente violenta, impune y ante la pasividad abyecta de todo tipo de autoridades enfrentó y derrotó reiteradamente a las autoridades metropolitanas, a la policía y al gobierno, llegan incluso a organizar, en sus aulas, cursillos de combate urbano impartidos por miembros jubilados del FPMR (Partido Comunista). De ahí pasaron al “Evade”, que practicaron con creciente violencia, durante varias semanas, hasta lanzarse al ataque vandálico masivo del 18 de Octubre, ante la completa pasividad e impotencia del Ejecutivo.

La dinámica que adquirió la estructura e interacción de estos grupos es muy ilustrativa:

1.- Los niños del IN atacaron y destruyeron 7 estaciones de Metro con algún refuerzo de elementos de las TV.

2.- Coordinados mediante las redes sociales y apoyo externo, las TV se apoderaron del movimiento. Multiplicó exponencialmente la violencia y generalizó el asalto a las estaciones del Metro. Desplazó por completo a los niños del IN y asumió el control táctico de los ataques.

3.- El Partido Comunista (PC) y elementos de Frente Amplio (FA) intentaron tomar el control de la TV, sin éxito. Pero lograron instalar un Objetivo Político -el derrocamiento de Piñera- , que siendo solo de ellos y no de la TV, lo impusieron mediáticamente.

4.- La TV se hizo funcional al PC y FA y a las aspiraciones de los políticos autoflagelantes, pero conservando un amplio espacio de libertad de acción.

5.- Desatada la crisis que el gobierno no supo, no pudo o no quiso controlar, el Segundo y Tercer grupo, integrado por los dueños de los Partidos Políticos  los Parlamentarios de ambos sectores -la Clase Política – cuyo interés principal y único, era la conservación del poder que parecía escaparse de sus manos llegó a un acuerdo relámpago en que el Gobierno entregó la Constitución (por la cual Piñera, democristiano, nunca tuvo ningún aprecio, mas allá de la política económica) a cambio de que la izquierda estableciera el fin de la violencia  -La Paz-.

6.- El acuerdo de paz que la izquierda debía producir, imponiéndose de la TV nunca se produjo ya que desde el principio fue una estafa; la izquierda vendió lo que no tenía: su control sobre la TV.

7.- Se inició un lento descenso de la violencia a la espera de un “Marzo” que prometía ser de horror.

8.- Y llegó Marzo. Regresó la violencia, ahora protagonizada por turbas de niños caprichosos y violentos manipulados por diversos lotes, desde la Clase Política hasta el PC y el FA, actúan simultáneamente, aunque sin coordinación directa, con el TV.

Mientras tanto, la Clase Política insiste majaderamente a la ciudadanía con la imposición de una Nueva Constitución que nadie sabe para que se haría, ni que se cambiaría a la actual carta.

Parece evidente que lo que la opción Rechazo quiere es que siga la Constitución actual. Pero ¿sabe alguien que quieren los que promueven la opción Apruebo?. Dicen saben lo que no quieren de la actual, pero no tienen ni la menor idea ni propuesta respecto al contenido de una nueva.

Parece que una vez mas los chilenos no pensamos correctamente. Todos estamos de acuerdo -menos la Clase Política, obviamente- que el problema de fondo que tenemos es un grave déficit de calidad en la gestión del Estado, es decir necesitamos su profunda restructuración: del Gobierno y todas sus innumerables agencias de servicios y productivos: Codelco, salud, sociales (Sename), técnicos, de vivienda, de pensiones, ministerios, subsecretarías, entes reguladores y muchos mas). Reorganización de Poder Judicial y de todo el sistema de leyes que ha demostrado ser ineficaz, eliminar la politización y la corrupción, los procedimientos investigativos etc. y del Poder Legislativo, cuya inoperancia, falta de representatividad y legitimidad, corrupción, incompetencia y alto costo es acreedor al repudio generalizado de la ciudadanía.

Si esto es así, parece evidente que la forma correcta de hacer este cambio -que en la propuesta actual demoraría mas de dos años en concluir- sería primero elegir, el año 2022 un Presidente que de garantías de liderazgo para conducir un proceso complejo; luego elección de un Congreso en la perspectiva de discutir la necesidad de cambiar o no la Constitución, y si lo fuera, de discutir, negociar y proponer una alternativa y luego, el año 2023 hacer un plebiscito de salida.

Parece una alternativa demasiado cuerda como para que encuentre acogida entre los políticos chilenos.