SERENIDAD y SANGRE FRÍA

La situación política nacional es calificada como “líquida”, es decir, informe, fluida, inasible. La sociedad percibe que vive en una condición inestable e impredecible y eso le produce temor.

Hay una variedad de elementos que están moviéndose, pero a mi parecer ninguno es, en si mismo, ni peligroso ni maligno; son normales y de reiterada ocurrencia, todos ellos han sido estudiados profundamente y disponemos de abundante literatura académica que nos provee de hipótesis, comparaciones de casos y predicciones sobre su evolución y epílogo y muchos de ellos ya han sido vividos y documentados por nuestra propia sociedad.

Esta columna aspira a ser una contribución para ayudar al lector a identificar las tendencias actuales, la interacción entre ellas y los posibles resultados alternativos. No pretende entregar ni una respuesta ni un análisis exhaustivo sino solo una herramienta para enfrentar la recepción de las noticias nacionales y extranjeras disponiendo de un esquema que permita integrarlas e interpretarlas.

Mirado desde nuestra perspectiva -social y personal- nacional, lo mas evidente es la “rotación de elites” político – partidistas. Las elites que conformaron los centros de poder político (partidos y movimientos) durante el siglo XX, que operaron las “máquinas” y conformaron las oligarquías políticas tradicionales perdieron el respeto y adhesión ciudadana, dejaron de ser representativas y perdieron su derecho a ejercer el poder. Están bajo fuerte presión de otros grupos que aspiran a desplazarlas y hacerse de sus cargos.

Como en todo fenómeno de “desvinculación”, algunos miembros de las antiguas oligarquías se resisten a dejar sus puestos, otros hacen abandono voluntario y se hacen a un lado y otros tratan de pasar desapercibidos o de incorporarse a los grupos de relevo con éxito variable. Un ejemplo clásico es la forma en que el liderazgo del Partido Socialista está cambiando de manos. La UDI pasa por el mismo proceso y RN, con un candidato presidencial de sus filas, ha congelado todo cambio hasta después de su actual opción de gobierno. Este atraso en actualizar su liderazgo y sus ideas, tendrá un costo que será pagado mas adelante.

Superpuesto a este fenómeno, tenemos el eclipse de la izquierda tradicional del siglo XX, y en la derecha el fracaso del proyecto de “estado subsidiario” planteado por el Gobierno Militar.

La socialdemocracia fue liquidada desde la extrema izquierda que instaló la idea de que no había sido capaz de hacer “los cambios profundos” requeridos; que sus gobiernos habían sido solo un semi – neo – capitalistas. Las ideologías no desaparecen abruptamente, van esfumándose o fosilizándose. Las ultimas elecciones en Francia así lo confirman. En Chile el representante máximo de este proceso fue Ricardo Lagos, el socialdemócrata por antonomasia, y su grupo.

Los gobiernos del “socialismo del siglo XXI” y el “chavismo” nacidos para dar un nuevo aliento al marxismo agónico en Sudamérica -Venezuela, Brasil, Argentina, Chile- recibieron gobiernos con abundantes recursos económicos provenientes del “ciclo alto” de las materias primas.

Algunos de ellos con el control del congreso total igual terminaron melancólicamente; otros domesticaron a sus FFAA para efectuar la represión interna y concluyeron en la ruina económica, la escases, la pobreza general y la rebelión popular. Todos ellos están siendo desplazados y están desapareciendo. Todo esto sazonado con una intensa corrupción.

En Chile, el intento de la derecha para instalar un “estado subsidiario” no logró superar la combinación de un a) un estado inepto – que fue capturado por el clientelismo y la corrupción y falló en la supervisión de la justicia del proceso y b) de una clase capitalista egoísta, inescrupulosa y depredadora. En estos días se encuentra tratando de definir un nuevo conjunto de valores y formas políticas, sociales y económicas que sea capaz de mantener el progreso y resolver las desigualdades sociales. Esta nueva aproximación es la base desde donde nuevas generaciones desde los Kast hasta Mansuy, que están tratando de asaltar el poder de la oligarquía tradicional de la UDI y RN.

La clase media actual quiere cosas, quiere vivir bien, segura, en paz y estabilidad. Quiere seguir progresando en lo económico, lo personal y lo familiar. La revolución ya no motiva; la evolución “la lleva”. Muchos miembros de la clase trabajadora dejaron atrás la pobreza aguda y, de la mano del cambio tecnológico, ingresaron a la clase media emergente: y les gustó. Y como el progreso surge del acuerdo no quieren conflictos, prefieren la cooperación entre los diversos sectores sociales y productivos.

La corrupción es un fenómeno mundial, los políticos, los empresarios, las burocracias nacionales e internacionales nos sorprenden a diario con nuevos casos de abuso, robos y malversaciones de caudales públicos. Es posible que la incorporación de la informática, nuevas leyes de transparencia y la mayor intrusidad de la opinión pública en los asuntos de gobierno estén ingresando a áreas que antes no tocaban. El hecho de que los delitos se descubran, que parte de ellos sea castigada y que en algo se mejoren los sistemas de control, señala que la tendencia es positiva, lo que debiera preocuparnos es cuando nada se descubre o nadie es castigado.

El caso de Chile es paradigmático. Cuando el país era pobre, digamos en la década de los sesenta y setenta, había poco que robar y los mecanismos institucionales eran mas o menos suficientes. Luego nos llegó el fuerte incremento del PBI, prácticamente se multiplicó por diez y los mecanismos de control no fueron capaces de cumplir su tarea. Se dictaron nuevas leyes de transparencia y probidad y nuevos casos de abusos y robos salieron a la luz. ¿es esto malo o bueno?, ¿nos muestra avanzando en la línea correcta o señala que vamos mal?. Creo que hay que seguir apretando, mejorando las leyes y exigiendo su aplicación.

Los redactores de la Constitución de los EEUU pensaban que “todos lo que tienen poder, abusarán de él” por lo que necesitan ser controlados de cerca. No parece una mala idea.

Como se ve, nada tan novedoso; proyectos sociales, políticos y económicos que se desgastan, que pierden el atractivo, que se alejan de las expectativas de la gente y que son reemplazadas por nuevas ideas o modernizaciones de las mismas. Los cambios sociales, tecnológicos y económicos también plantean nuevos problemas o alteran las características de las sociedades, que buscan nuevas formas de expresión institucional.

También surgen algunas fuerzas disruptivas. En nuestro caso, desde una novedosa extrema izquierda que reclama no ser de izquierda y que no aspira a ser estatista sino mixta privada y estatal y, sobre todo, con énfasis en amplios derechos sociales garantizados por leyes, exigibles por todos los ciudadanos. Aun no logran explicar como financiarían estos nuevos derechos sin reventar la economía, pero es posible confiar en que, si están hablando seriamente, mas pronto que tarde tendrán que aceptar la gradualidad y el hecho de que muchas personas no quieren que el estado las cuide y prefieren hacer su vida a su manera. La disyuntiva que viene, me parece, es el de la elección entre “los derechos ciudadanos” y el “emprendimiento independiente” –el emprendedor de camioneta, computador y celular- apoyado en el cambio tecnológico.

Estos cambios ocurren en el contexto de la globalización. Pocos discuten que la globalización ha aportado riqueza y bienestar a muchos. Pero no todos se beneficiaron igualmente ni al mismo tiempo. Hay trabajadores frustrados, de empresas manufactureras que quedaron obsoletas o fueron transferidas a otros países con mano de obra mas barata. La tecnología está reduciendo la demanda por trabajadores de medio o bajo nivel técnico. Están molestos y asustados, quieren cerrar sus economías pero simultáneamente quieren seguir mejorando sus niveles de vida gracias al comercio global. Son los votantes de Trump y en parte los de Marie Le Pen.

La globalización no solo desplaza empleos, también desplaza personas. Oleadas de inmigrantes dispuestos a trabajar duramente por poco dinero y a hacer trabajos manuales toman los puestos que los trabajadores locales no están dispuestos a desempeñar.

También traen consigo su cultura y sus religiones y eso choca a sus vecinos.

La globalización viene acompañada de reajustes en la producción y con desplazamiento de gente, tómalo o déjalo. Parece difícil encontrar una solución ecléctica y cada uno de nosotros tendrá que tomar una posición al respecto, tratar de volver al pasado o avanzar hacia un futuro desconocido.

En este orden de cosas, se pueden apreciar dos clases de patriotismo: uno, de base norteamericana, basado en valores éticos y formas políticas, particularmente la democracia y los derechos humanos y otro patriotismo, de base europea, basado mas en el territorio, la etnia, la historia y la cultura. Parece evidente que la primera es mas compatible con la globalización que la segunda. Esta es también una pugna en plena vigencia y respecto a la cual debemos elegir y lo mas importante, una vez tomada la decisión, aceptar sus consecuencias.

Los organismos internacionales, típicamente las Naciones Unidas o la Unión Europea, que han prestado importantes servicio a la paz y el desarrollo, están cayendo cada vez mas en manos de minorías ideologizadas o de grupos de interés que imponen sus agendas, que hacen valer sus intereses o que han caído en la obsolescencia. La gente se rebela a ser obligados a recibir a inmigrantes que no quieren en sus países; a ver como se reemplazan siglos de jurisprudencia por los caprichos de un cuasi tribunal de justicia internacional o ser objeto de agendas impuestas vía acuerdo entre burócratas ideologizados.

Los ciudadanos del mundo se sienten usados y manipulados por una burocracia internacional ilegítima, ineficiente y sectaria y exigen –como Trump- su eliminación radical. Otros prefieren su modernización y reducción. Este es un tema actualmente en debate y que influye en otros aspectos del cambio.

Como se puede apreciar todos estos elementos se entrecruzan entre si y se hace complicado distinguir causas de efectos o mejor, acciones de reacciones.

Está surgiendo una diversidad de intereses, gustos y conductas. La globalización incluye a todos pero no nos hace a todos iguales y esas nuevas diferencias son difíciles de aceptar. Especialmente para aquellos que, además, están sufriendo deterioro social y económico.

¿Estamos moviéndonos hacia la anarquía y la ruina?. Mas bien parece que estamos en una encrucijada muy intensa y profunda que, dinamizada por un avance tecnológico mareador, un desarrollo económico y social nunca antes experimentado por la humanidad y una amplia difusión de la información, la educación y el conocimiento pone ante nosotros un futuro brillante.

Si lo miramos en forma optimista, estamos en medio de una crisis derivada del éxito en el desarrollo humano que nos obliga a buscar nuevas formas políticas y culturales.

No sería la primera vez que sucede, y siempre hemos resultado exitosos. Gracias a eso la humanidad está donde está.

Si queremos participar y cooperar en este vibrante momento de la humanidad debemos conservar la sangre fría y la inteligencia alerta para analizar los hechos y llegar a conclusiones que nos permitan tomar decisiones racionales en cada uno de estos temas. El pesimismo o el miedo son las peores opciones.

NACIONALISMO, INTERNACIONALISMO Y FÚTBOL

Eric Hobsbawm, distinguido historiador británico, nos propone un escenario: Un estadio europeo en un partido de fútbol internacional, lleno de espectadores con banderas, escarapelas y rostros pintados con los colores nacionales, avivando fervorosamente al equipo de su respectivo país. Los jugadores son de Brasil, Chile, Zimbawe, Polonia y Hungría, algunos son locales, la minoría; los otros son “nacionales” porque tienen el pasaporte, no porque cultural, étnica ni emocionalmente sean de ese país; sus “pases” pertenecen a empresas transnacionales irreconocibles y juegan en beneficio de sus carreras y sus ganancias personales – que pueden continuar al servicio de otros clubes y países-.

Los espectadores vibran con su equipo nacional pero se siente atrapados entre sus sentimiento xenófobos y racistas contra los futbolistas extranjeros negros, latinos y balcánicos y el orgullo que sienten por su equipo y los colores nacionales.

En este ejemplo queda de manifiesto la dialéctica entre globalización, identidad nacional y xenofobia. Esta contradicción entre lo “nacional” pasión del mundo antiguo y lo “transnacional”, caballo de batalla del liberalismo del mundo nuevo, produce una esquizofrenia que hace sufrir a las naciones del mundo.

Creo que la primera incógnita por despejar es la dinámica de este cambio: en el mundo actual las naciones no se quedan estáticas –como lo hicieron Egipto o Corea en el pasado- , por lo que solo hay dos opciones, continuar “avanzando” o “retroceder” al estado anterior.

El triunfo del capitalismo y la democracia liberal empujaron el mundo hacia adelante abriendo el camino hacia la superación global de la pobreza y a una diferente concepción de los derechos individuales y ahora están exigiendo nuevas formas de relación y nuevas estructuras políticas globales.

Es otro mundo, que nos enfrenta a complejos problemas emergentes, que generan confusión y “rejuvenecen” caminos fracasados (nuevas izquierdas y neo fascismos).

Dado que el cambio que nos trajo a la condición actual se debió a la interacción de cambios morales, científicos, tecnológicos, económicos y sociales y que es imposible olvidar o esconder lo aprendido especialmente si ello a generado mas salud, mas riquezas y mas libertad, parece que no quedaría mas que “avanzar”; se podría discutir si ese avance nos llevará a una condición mejor o peor que la existente con anterioridad o a la actual, pero aun así, solo es posible seguir la marcha hacia adelante.

Gonzalo Cordero lo dice muy bien: Es inútil que la elite política o la empresarial se enfoquen en un regreso, sino que deben evolucionar y trabajar en cambios reales que contribuyan a lograr nuevas soluciones. No se trata de respondernos a dónde queremos volver, sino en concebir un punto al que queremos llegar. Este viaje no tiene retorno, se recorre por una vía de un solo sentido, allí radica la debilidad del conservadurismo estatista de izquierda, así como del autoritario de derecha.

Me parece que esta lógica se aplica también al sistema internacional. Trump no puede hacer que EEUU “vuelva” a ser grande reconstruyendo condiciones, comportamientos y relaciones internacionales que ya fueron superadas. Si quiere un EEUU grande, solo podría lograrlo construyendo un nuevo sistema internacional hegemonizado por su país, de características tales que el mundo lo acepte porque le parece conveniente y útil, es decir, compartiendo el poder desde una posición de liderazgo. Lo irónico es que EEUU estaba, de hecho, construyendo desde Silicon Valley un mundo así. No por una decisión presidencial de alguien sino como resultado de su propia vitalidad tecnológica y social

Cabe preguntarse que pasó. ¿Es que EEUU ya no quiere ser el líder mundial y aspira a ser una estado “grande de nuevo” actuando libremente en un mundo hobbesiano?, ¿que una mayoría de los ciudadanos norteamericanos se cansó de ser superpotencia y llevar las cargas que eso conlleva?. La historia muestra a un EEUU que solo ha asumido el liderazgo “en defensa propia” y casi a contrapelo.

Y la segunda pregunta que me parece clave es el de la identidad -problema que se da en todo el mundo, pero con características y efectos peculiares en cada caso- y de si el abandono del multiculturalismo y el internacionalismo es alternativa válida para que EEUU siga siendo una sociedad de vanguardia y el mundo continúe avanzando hacia un mundo globalizado.

Trump tomó la bandera del resentimiento contra la “desigualdad”, la “globalización”, de los que “el sistema dejó atrás”, y se da por probado que eso fue también lo que condujo al Brexit en Reino Unido; a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y que puede desembocar en victorias para Marine Le Pen en las próximas elecciones en Francia.

Se están mezclando cosas, algunas se repiten, como las quejas económicas y el rechazo visceral hacia lo que sienten como creciente pérdida de identidad y otras que son propias y características de países específicos. Es un error amontonar circunstancias diferente bajo un solo nombre. La “primavera árabe” fue todo un ejemplo”.

Finlandia, Suecia y Noruega miran con alarma la creciente agresividad de Putin en el Mar Báltico y en Ucrania lo que los lleva a potenciar sus sistemas militares, incluyendo la reposición del servicio militar obligatorio. Pero esa actitud rusa amenazante es mas atribuible a la disminución del protagonismo norteamericano en Europa que a xenofobia o amenaza a la identidad cultural en esos tres países.

Otros países europeos como Alemania, Francia, España e Italia se sienten amenazados por la reciente inmigración masiva desde Medio Oriente, EEUU teme la agresión terrorista de Medio Oriente, pero también resiente el efecto acumulativo de años de inmigración ilegal desde Centro América, el Caribe, México y algunos países sudamericanos y sobre todo por una creciente conflictividad interna. Así, pareciera que, en estos países, el síntoma común es un conflicto de identidad en dos tiempos, gusto o disgusto por la situación cultural y social actual, y discrepancia respecto al tipo de sociedad que se está construyendo hacia el futuro.

La economía siempre es un un factor social y político importante, pero no es la principal explicación del fenómeno político que define nuestra era actual en Occidente. No se trata de la lucha de clases clásica entre ricos y pobres. Estamos presenciando que la división social se define no por el dinero sino por los valores, por dos conceptos opuestos de las que deben ser las prioridades morales de la sociedad. El enfrentamiento político era de la izquierda contra la derecha; redistribución económica contra el mercado libre; la nueva polarización emergente es entre cultura abierta contra cultura cerrada, o internacionalismo contra nacionalismo. Ya no es un conflicto de clases, es un conflicto de identidades, ¿quiénes somos? y ¿quiénes queremos ser?. Es un problema político solo por derivación, no por origen o base conceptual.

 Para los seguidores de Trump, la inmigración es mas significativa que la economía y el Muro es el símbolo del rechazo a la inmigración y al cosmopolitismo en general. Este sentimiento es mas fuerte en los EUU que en países europeos que recientemente han recibido centenares de miles de refugiados islámicos; en EEUU, en los años cincuenta, el 90% de la población de EE UU era blanca; hoy, lo es solo el 63%, es decir el desafío cultural y étnico es mas intenso en EEUU que en Europa. ¿Es posible “blanquear” de nuevo a EEUU?, ¿es necesario?, ¿es conveniente?, ¿resuelve algún problema?.

Cabe entonces replantearse la cuestión: “Es inútil que la elite política o la empresarial se enfoquen en un regreso, sino que deben evolucionar y trabajar en cambios reales que contribuyan a lograr nuevas soluciones. No se trata de respondernos a dónde queremos volver, sino en concebir un punto al que queremos llegar.

Es imposible determinar si en el cambio identitario esos países ya alcanzó el “punto de no retorno”, pero aun si ello aun no hubiera sucedido, es impensable llevar a cabo un nuevo “holocausto”, que sin incinerar a sus víctimas, las empuje a la miseria y el desarraigo.

Así las cosas, pareciera que el objeto de nuestros desvelos sería imaginar un nuevo orden mundial que permita seguir adelante en la globalización corrigiendo sus aristas mas ásperas, bajo la guía de un EEUU que retome su liderazgo o con otra potencia que tenga la voluntad de hacerlo. La única  voluntad para intentarlo parecería ser la Rusia de Putin, pero por lejos es la mas débil.

Volviendo al caso del fútbol, la final entre dos equipos “nacionales” europeos se parece mas a una justa entre dos gladiadores bárbaros de talla imperial: un reciario con red y tridente contra un secutor con espada y escudo grande, que una pelea de campeones barrio de Roma.

El público se acostumbró al espectáculo de calidad y no acepta menos, le gustó la globalización.

TRUMP, VIETNAM Y LAS ELITES LIBERALES EN EEUU.

En 1997, ya acabada la guerra de Vietnam (60.000 militares norteamericanos muertos; 300.000 heridos, mutilados e inválidos), H.R. Mc Master publicó “Dereliction of Duty”[1] libro que junto a “On Strategy” de Harry G. Summers Jr. (1982), constituyen las mejores obras para comprender la derrota norteamericana en Viet Nam en 1973.

McMaster culpa de la derrota a los líderes en Washington: “La guerra en Vietnam no se perdió en el campo de batalla, ni se perdió en los titulares del New York Times ni en los campus universitarios. Se perdió en Washington, DC, incluso antes de que los estadounidenses asumieran la responsabilidad exclusiva de los combates en 1965 y antes de que se dieran cuenta de que el país estaba en guerra. . . . [Fue] un fracaso exclusivamente humano, cuya responsabilidad fue compartida por el Presidente Johnson y sus principales asesores militares y civiles”.

Según el mismo autor, las semillas del fracaso las sembró Kennedy desde la crisis de Cuba o mas bien, desde la entronización de “La arrogancia, la debilidad, la mentira en la búsqueda del interés propio [y] la abdicación de la responsabilidad ante el pueblo estadounidense” de los New Frontiersmen que Kennedy llevó a la Casa Blanca. Prototipos de la “era Kennedy”, eran “hombres de aproximadamente 46 años de edad, muy enérgicos, de ideas bien articuladas e idealista entusiastas”.

Kennedy que no tenía experiencia de gobierno ni de gestión empresarial impuso un estilo informal en la gestión de gobierno; consultaba solo a su hermano Robert y a sus asesores mas cercanos y luego validaba las decisiones -ya tomadas- en asambleas mas amplias. En este esquema, la Junta de Comandantes en Jefes (JCJ) perdió su acceso al Presidente y por consiguiente la influencia real en el proceso de toma de decisiones. Así y todo, cuando impulsado por su intenso interés por derrocar a Castro, lanzó la operación de Bahía Cochinos en Cuba y fracasó, culpó a la JCJ de haberlo asesorarlo deficientemente.

Esta forma de trabajo -y de distanciamiento- continuó con Johnson. “Los hombres de la Nueva Frontera” eran hombres de acción y la JCJ era reacia a involucrarse en operaciones que no fueran en gran escala”, lo que los llevaba a descalificar a los militares como blandos o pusilánimes.

McMaster, por su parte, explica detalladamente por qué las operaciones militares preferidas por Kennedy/McNamara y luego Johnson, destinadas a “mostrar intenciones” o “enviar mensajes al enemigo” fracasaron al intentar lograr objetivos militares escasamente detallados, confusos y conflictivos.

Según McMaster, esta forma disfuncional de relaciones y de trabajo continuó con Johnson y en realidad se prolongó en todas las administraciones demócratas, hasta llegar a Obama. McMaster describe a Lyndon B. Johnson como un presidente principalmente preocupado por evitar que Vietnam se convirtiese en un tema político interno y a sus asesores (encabezados por McNamara) como “hombres con una combinación de arrogancia, tortuosidad y desdén por la experiencia diferente de la suya”; la militar, obviamente.

Así comenzó una divergencia e incomunicación entre la elite política liberal y los militares, que no se resuelve hasta hoy. Estas situaciones parecen ser cosas del pasado, pero no es así, son del presente y el futuro de EEUU y afectarán a muchas naciones del mundo.

En efecto, las declaraciones de Trump de que las fuerzas militares de los EEUU “no serán derrotadas de nuevo”, su decisión de incrementar sustantivamente el gasto militar y de designar precisamente a H.R. McMaster como su Asesor de Seguridad Nacional, son mas que elocuentes respecto a su visión del empleo de las fuerzas.

Esto explica también la alta preferencia electoral por Trump entre los militares y el apoyo de que goza entre ellos en la actualidad.

Se dice que los electores de Trump son mayoritariamente aquella parte de la población norteamericana catalogable como de clase media baja, campesinos y trabajadores industriales con escasa educación, extremistas de derecha, personas que no encuentran su lugar en un mundo globalizado y que no tienen aptitudes para acomodarse a la sociedad global y moderna. Los miembros de las FFAA de los EEUU están muy lejos de poder ser incluidos en esas categorías, conforman, además, una de las instituciones mas respetadas y queridas por el pueblo norteamericano.

Esto demuestra que el fenómeno Trump es mucho mas complejo y profundo de lo que dice la anécdota o el twit.

La frustración militar no concluyó con Kennedy, Johnson y la guerra de Vietnam sino que continuó con problemas que se repiten, como luchar guerras sin objetivos claros, con restricciones que aumentan innecesariamente el número de muertos y heridos norteamericanos o prolongan las operaciones por años y años y problemas nuevos como el uso (abuso) de las FFAA no para promover intereses nacionales sino intereses políticos personales, partidistas o ideológicos como la ideología de género y la reivindicación de los homosexuales y otras minorías, sometiendo a las FFAA a un estrés innecesario y a una reducción de su efectividad de combate.

El Coronel Robert Buzz Patterson -ex ayudante militar de Clinton- es un autor político estadounidense y jubilado como piloto de la Fuerza Aérea de los EEUU, y describe con dureza el abandono de sus deberes y liviandad de Clinton y la incapacidad de Obama en el ejercicio del mando sobre las FFAA:

– “Clinton es un modelo de desprecio hacia los militares, desde su ridículo saludo pseudo militar a sus arrogantes ayudantes anti militares, su mensaje se recibía fuerte y claro: La Administración Clinton no sentía ni la mas mínima simpatía hacia los ciudadanos norteamericanos en uniforme, hombres y mujeres” 

– “creo que el presidente Bill Clinton fue responsable del 11-S … (Antes del 11 de Septiembre) tuvimos ocho o diez veces la oportunidad de capturar o matar a Osama bin Laden. Y en cada ocasión, el presidente Clinton decidió “pasar”. Creo, con toda franqueza y sinceridad, que el 11 de septiembre fue su responsabilidad”.

– “… le pedí al Presidente Clinton que me diera las claves (de las armas nucleares) para que pudiera cambiar los códigos por otros nuevos -lo hacíamos de vez en cuando- y el Presidente Clinton confesó que, de hecho, había perdido los códigos … y que no recordaba cuanto hacía de ello”.

 – “Solo una persona detesta mas a los militares que Bill Clinton: Hillary, su esposa”.

 – “Creo que hemos elegido a un hombre, Barack Obama, que es más peligroso para nuestros militares y para la seguridad nacional de esta nación, que incluso Bill Clinton. Creo que no entiende que estamos luchando -en mi opinión- contra un enemigo ideológico tan peligroso como lo hicimos el siglo pasado contra el comunismo, el fascismo y el nazismo.

 – “la política de seguridad nacional del Presidente Obama no usa ni una sola vez las palabras jihad, islam, musulmán, extremismo, fundamentalismo, terrorismo -de hecho, todo lo contrario: identifica al calentamiento global como la mayor amenaza para la seguridad nacional de América”.

 – “Cuando capturas a un terrorista y le dices que tiene derecho a guardar silencio, se calla, y no tenemos la inteligencia que necesitamos para interrumpir otros ataques contra los estadounidenses en todo el mundo”.

 – “Obama nombró al general McChrystal como su general al mando para combatir la guerra en Afganistán, y luego se reunió con el general McChrystal sólo una vez en doce meses antes de echarlo … y lo mismo sucede con el general Petraeus …”

 – “Tenemos Infantes de Marina que patrullan partes muy peligrosas de Afganistán sin balas en sus armas por temor a que disparen y golpeen a civiles inocentes … no puedes ganar una guerra si no tienes balas en tus armas. No se puede luchar si no se te permiten disparar contra el enemigo”.

 – “Creo que expreso las preocupaciones de los militares, porque realmente no pueden hacerlo en un foro abierto. Creo que vas a ver cada vez más que la gente militar esté disgustada, siendo más vocal, y no creo que eso sea realmente bueno para el comandante en jefe. Creo … es importante para los estadounidenses entender que tenemos una falta total de liderazgo en la Casa Blanca.

 – “Son los medios –de comunicación social- … lo eligieron y van a proteger su Presidencia por completo … Ellos lo eligieron y van a proteger su candidatura. No son los perros guardianes de los Estados Unidos, son los protectores de la izquierda, del ala izquierda de nuestra sociedad.

 Se puede concordar o no con McMaster, pero es un hecho que fue elegido por Trump para ser su asesor directo y que lo que dice y escribe es lo que piensa.  Se puede pensar que Patterson exagera o que está completamente equivocado, pero es evidente que representa el sentir de muchos militares, en servicio y retirados y muchos norteamericanos de a pié; parece sensato aceptar que existe un problema real entre una parte significativa de la ciudadanía norteamericana (los militares) y una elite política y social que potencia su capacidad para imponer sus preferencias mediante el control y apoyo avasallador de los medios de comunicación social y parece claro también que este es un conflicto que ha venido agudizándose en el tiempo.

En última instancia el choque es entre el internacionalismo, palabra que cubre la inmigración, la bienvenida a los refugiados de guerra, la Unión Europea, lo extranjero en general; los derechos humanos universales; el feminismo; la homosexualidad; la protección del medio ambiente y los intelectuales, contra el nacionalismo, que valora la identidad nacional; la prioridad de los intereses nacionales, la continuidad cultural, los valores tradicionales, la homogeneidad racial y el patriotismo.

Trump no es la causa, es un efecto.

 [1] La expresión “Derelection of Duty”” se puede traducir como nuestro delito militar de “Grave Abandono de Deberes militares”.

TRUMPISMO

Steve Bannon -ideólogo de Trump – al pedírsele que explicara que está tratando de hacer el gobierno, explicó: “Estamos tratando de construir un sistema que empodere a la gente común y corriente por sobre las elites nacionales y las burocracias internacionales”. Revisando otras declaraciones de Bannon y Trump se puede identificar su visión del futuro global y nacional y la estrategia para lograrlo; visión y estrategia con las cuales se puede concordar o discrepar, pero no negar su existencia.

El movimiento que lidera Trump no es una “locura”, no es algo “irracional”, ni menos “accidental”, es una propuesta articulada que pretende ser eficaz, es decir llevar a los EEUU a la meta deseada. Esa meta, en simple, es “Volver a hacer grande a los EEUU”; para ellos EEUU fue grande, dejó de serlo y debe recuperar esa grandeza y eso requiere un nuevo orden mundial con nuevas características.

Esta decadencia sería el resultado de dos factores base: el creciente y ya intolerable incremento del poder de las estructuras burocráticas internacionales, – la ONU en primer lugar – que han avanzado envolviendo a EEUU en una red de hilos delgados pero que en conjunto han paralizado su capacidad para proteger y promover sus intereses nacionales. Y segundo, las elites y las burocracias administrativas nacionales que, en connivencia con las burocracias internacionales, han aceptado estas cortapisas y han entronizado en EEUU el funcionamiento de regulaciones humanitarias, acuerdos comerciales, restricciones ambientales y tratados de diversa índole que paralizan e impiden la expresión de la creatividad y habilidad de la nación norteamericana para producir riquezas y bienes para su pueblo y el empleo de su poder para imponer comportamientos favorables a otros actores internacionales.

Este dos elementos llevan a que la tarea prioritaria sea la “deconstrucción del Estado administrativo y de la burocracia internacional”.

Podemos concordar que la ONU está lejos de ser una organización eficiente, es más, está controlada por grupos nacionales e ideológicos que administran múltiples agencias e ingentes recursos financieros, a través de los cuales vía “acuerdos” y “recomendaciones” cocinadas en trastiendas ideológicas, imponen agendas que no han sido sancionadas por los estados y menos aun por las ciudadanías, que recién vienen a conocerlas cuando son divulgadas e impuestas a través de medios académicos y de comunicación masiva que responden a sus mismas ideologías.

El poder y la manipulación de estas organizaciones sectoriales de la ONU ha alcanzado niveles de abuso intolerables, pero ello lleva a preguntarse, despedazar toda la Organización ¿es lo mas adecuado para los fines de la estabilidad global?, ¿es prescindible la existencia de un foro político global como la ONU?.

Desde otro punto de vista, el creciente desarrollo de las comunicaciones y el surgimiento de una amplia variedad de actores independientes ha potenciado la capacidad de las ciudadanías para liberarse de liderazgos intelectuales auto designados y casi eliminado la utilidad de la tutoría política y social centralizada en organismos y cenáculos académicos dedicados a ello, es decir las Agencias, Oficinas, Universidades y otras creaciones de la ONU dejaron de ser útiles o necesarias.

Parece entonces mas eficaz conservar a la ONU como el foro político de alto nivel que ha prestado valiosos servicios a la paz mundial y entrar en una revisión y reestructuración que reduzca y adecue sus innumerables ramificaciones a las necesidades de la realidad actual, la haga transparente, la sometan a control económico y político y acote su libertad de acción para que deje actuar a las fuerzas sociales y políticas nacionales sin manipulaciones ideológicas espurias.

Esto nos permite concluir que la intención final de la política del actual Gobierno de los EEUU es alcanzar la mas completa autonomía internacional, promoviendo el proteccionismo y el unilateralismo internacional; eliminando los espacios de negociación política y económica y liberando el potencial de su poder militar para su uso unilateral. Quiere un EE.UU. poderoso, con gran despliegue militar, pero que se ocupe solo de los problemas que lo afectan directamente. Nada de misiones ni consideraciones humanitarias ni altruistas.

El planteamiento de Trump es elocuente: “Yo no represento al globo, los represento a ustedes”, haciendo que la platea delirara ante a su líder gritando “USA, USA”.

Por otro lado, la revisión del funcionamiento de la política interna de los EEUU presenta características bien conocidas por los chilenos. El poder político –y su conexión económica y financiera- ha sido capturado por grupos –familias- que se repiten en cargos de gobierno estatal y federal, en la gestión de los partidos políticos, en la distribución de cargos públicos de nivel alto y medio, en directorios de empresas fiscales, en la política exterior, que salta alternativamente de directorios de empresas privadas a cargo ministeriales y al Congreso, con ramificaciones familiares, sociales y de intereses comunes que han capturado el poder marginando al pueblo en cuyo nombre dicen gobernar.

No cabe duda que es una situación intolerable, y cada vez mas intensamente ya que, de nuevo, la información fluye en forma vertiginosa y es casi imposible ocultar las componendas y “cocinas” políticas. Pero, tratar de desmantelar esa plaga ¿justifica entregar todo el poder a caudillos envueltos en la bandera patria como Chávez, Maduro o Hitler, acompañado de toda clase de bandidos, extorsionadores, narco traficantes y abusadores?. Hasta el momento, Trump ha desplazado a los representantes de las “familias políticas” habituales en los EEUU, y los ha reemplazado por “capitanes de la industria” financiera, petrolera, militar y fabril de discutible probidad y responsabilidad. ¿Es eso el cambio propuesto?, o es mas de los mismo, con otros nombres y otros bolsillos.

La relación que se intenta construir es directa entre El Líder y el Pueblo, sin intermediarios, El Líder “no es un político”, “viene de fuera del sistema”, “está limpio”, sabe lo que el pueblo quiere y como lo quiere, busca una conexión poderosa con las masas, fundamentalmente la clase trabajadora y clase media pero al mismo tiempo se esfuerza por relacionarse con los grupos mas poderosos de EEUU. Para esto, recurre a diversas estrategias entre las cuales se distingue: un personalismo rígido y excluyente, la afirmación de la superioridad de lo “norteamericano” como elemento de cohesión y el relanzamiento del “espíritu nacionalista y patriótico”. Este grupo está actuando mediante el shock y la ruptura de reglas democráticas como el respeto a la prensa, la separación de poderes y  la buena fe de los actos de gobierno.

Sin exagerar, es posible encontrar similitudes a las técnicas empleadas por Adolf Hitler, Benito Mussolini y Hugo Chávez.

Como motor de este movimiento y respuesta a lo señalado, el trumpismo está impulsando la resurrección de conceptos que las elites norteamericanas llevan años tratando de cambiar como el patriotismo un sentimiento opuesto al universalismo; o trabajando por potenciar otros como los derechos humanos por encima de las leyes nacionales; el compromiso con la humanidad como especie en vez de la cohesión nacional; el multiracismo y el multiculturalismo como identidad social.

Uno de los primeros intelectuales del trumpismo, Walter Berns en su obra “Making Patriots” elabora una lógica –para mi sólida y convincente- que concluye en que el ciudadano patriota es aquel que cumple las leyes mas estricta y constantemente, y de ahí sale otro factor en que se apoya el trumpismo: los ciudadanos se debilitan en su patriotismo, en su voluntad de trabajar por la patria y de defenderla cuando las elites gobernantes dictan leyes que chocan con sus creencias y valores mas queridos y respetados.

Pese a la separación entre la iglesia y el estado; a la diferenciación entre las preferencia personales y las de la comunidad, pese a todo, las leyes deben permitir que cada persona se sienta un ciudadano y no solo habitante de una nación y eso no puede pasar cuando sistemáticamente se legista a contrapelo en materias raciales; relacionados con la homosexualidad, el sexo, el islam, la inmigración mexicana y centroamericana, la familia y otras que chocan contra las creencias religiosas, sociales, morales, económicas y culturales de una parte relevante de la población norteamericana.

Se puede apreciar que la fractura política y social parece ser la diferenciación entre el tipo de mundo y de país que las elites promueven y tratan de materializar y las creencia, valores y sentimientos de una parte mas tradicional –y tal vez menos sofisticada en su educación- de la nación. Esta brecha se ve magnificada cuando el ascenso de China se percibe intensamente y muchos aprecian que las políticas de las actuales elites solo favorecen este crecimiento y debilitan el propio.

La reacción política y mediática de la elite desplazada por ese sector hasta ahora silenciado y sin representación política ni económica, ha sido feroz y promete ser mas dura.

La política trumpista de “agudización de las contradicciones” y la negativa al diálogo y la discusión interna no parecen ser las alternativas mas eficaces y eso nos lleva de vuelta a hasta donde esta estrategia apunta a “cambiar por la fuerza el sistema nacional e internacional” por completo o a “tratar de resolver los conflictos políticos internos” mediante el proceso político democrático que privilegia el diálogo, la negociación y el acuerdo.

Veremos el novedoso caso de EEUU luchando por conservar o restablecer la democracia. Es de esperar que nadie cometa la estupidez de mandarles a un Kennedy local a explicarles a los norteamericanos que Trump fue elegido democráticamente (por un porcentaje de votación mucho mayor que el de Allende) y que lo que corresponde es que lo dejen gobernar y llevar adelante su programa de gobierno.

                Ideas, ideologías y oligarquías en Chile

Según Robert Michels “La organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes. Quien dice organización dice oligarquía”, conocida también como la “ley de Hierro de las oligarquías” afirma que “tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría”, es decir que toda organización se vuelve oligárquica. Esto sería la base de una de las dimensiones fundamentales de la democracia: la lucha entre oligarquías.

Se afirma que en Chile la política tiene otra dimensión crucial: “la dimensión cognitiva -de ideas, ideales, conocimientos y proyectos- que forma el otro aspecto de la política”-. Se afirma también que los partidos son “grupos de ideas e ideales compartidos, experiencias de identidad, trayectorias histórico-culturales, comunidades de prácticas y de conocimiento, visiones de mundo, agrupaciones de creencias y de deseos de crear, mantener o transformar un orden simbólico”.

La Concertación y sus partidos representarían “un factor cultural de la sociedad chilena, unas tradiciones, una historia plural de doctrinas y programas, de intelectuales públicos y articuladores de discursos, unas narraciones retrospectivas con sus leyendas y mitos”. La existencia de esta segunda dimensión legitimaría la supremacía de esas oligarquías por sobre “los mandantes y los delegantes”, es decir sobre el pueblo o mas precisamente sobre las masas nacionales.

Suena bien, pero creo que no es cierto.

Mas aun, ese “factor cultural” en realidad es un elemento excluyente y sectario, centrado en el interés del grupo y en su propia cultura, ajeno o en disputa con la mayoría del pueblo. La Concertación tenía un objetivo táctico, para luego mutar a una visión estratégica de la sociedad que jamás fue aclarada debido a la incompatibilidad ideológica entre sus miembros. La praxis de esa relación se dio en base a la “estabilidad” y luego al beneficio y cooptación de sus miembros.

Idea e ideología no tiene nada que ver. Tratar de hacerlas equivalentes es un engaño.

Idea es razonamiento, es el acto básico del entendimiento. La idea es subjetiva y para su objetivación requiere de confrontación con otras ideas diferentes. La idea se perfecciona a través del cuestionamiento y la discusión.

En efecto, la capacidad humana de contemplar ideas está asociada a su capacidad de razonamiento, autorreflexión y la habilidad de aplicar el intelecto. Las ideas dan lugar a los conceptos, los cuales son la base de cualquier tipo de conocimiento científico o filosófico.

Esto es lo opuesto a la “ideología”. Frente a la incertidumbre que existe al interior de toda idea, la ideología presenta certezas absolutas.

Nadie tiene derecho a exigir que su idea sea la única razonable; las ideologías, por el contrario, asumen la inexistencia de la duda y pregonan la falsedad de todo concepto externo u opuesto a ellas.

Las ideas aceptan y aceptarán siempre el “otro”, algo imposible para las ideologías que niegan toda forma de diálogo con la otredad, con la diferencia.

Una ideología es, en esencia, una organización de ideas cerrada sobre sí misma y ciega a su entorno. Se promueven y justifican a sí mismas y sólo creen en ellas. Enfrentadas a las ideas vivas -que son el efecto de nuestra libertad- las ideologías significan la total aniquilación de la libertad individual.

Con su negativa a la confrontación honesta de ideas, son instrumentos de manipulación, de intolerancia y fanatismo; absolutos al servicio de la intromisión de otros en la conciencia individual de las personas que arrastran a la adoración de fórmulas y a la obediencia de dogmas y evangelios.

Las ideologías políticas tienen dos dimensiones: Fines o cómo la sociedad debería funcionar u organizarse; y Métodos o la manera más apropiada para hacerlo.

Los fines de las ideologías es la supremacía sin contrapeso, con exclusión y sin alternancia (chavista), parece evidente entonces que a partir de la tendencia inevitable a que un grupo pequeño se apodere del poder –La Ley de Hierro- las oligarquías dominantes en los partidos políticos reciben un potente refuerzo a su capacidad de control exclusivo al incorporar la ideología como palanca intelectual y justificativa de su acción.

La realidad nos muestra como mientras mas potente es la ideología de un partido, mas fuerte, reducida e intolerante es su oligarquía dominante. El mejor ejemplo es el Partido Comunista, que incluso llega a redefinir su relación con la propiedad, definiéndose como mero accionista de las sociedades donde tiene su patrimonio. Contrario sensu, un partido con una ideología mas laxa y menos determinista tiende a una menor concentración del poder en pocas manos, pero a su vez se hace menos eficiente en la gestión del poder por la existencia de la competencia (no siempre regulada) dentro de su directiva como es el caso de Renovación Nacional. Algunos partidos siguen su ideología de manera estricta, otros buscan una inspiración amplia de un grupo de ideologías relacionadas, sin abrazar una idea específica.

En Chile podemos ver como todos los partidos políticos están dominados por ideologías: los de derecha, por la ideología del poder; los socialdemócratas, por el socialismo; los socialcristianos por un remedo de la Doctrina Social de la Iglesia y los de izquierda por el marxismo. También es evidente que el rol que juega la ideología en el control interno es diferente en cada uno de ellos.

Pero es incuestionable que la combinación de ideología con la organización, la “máquina” o como se la llame, es una dupla que permite el manejo del partido por parte de una oligarquía inmutable, a veces hereditaria pero siempre excluyente, que maneja la interpretación de la doctrina, y desde esa posición de supremacía, administra los recursos económicos, deformando el sistema y sentido del partido transformándolo en una mera maquina de poder. Es lo que vemos cuando la izquierda no tiene problemas en pedir dinero a Ponce Lerou, “yerno del dictador”, para financiar sus candidaturas. La vanguardia de ese movimiento es el G-90, donde la ideología se vuelve excusa de la simple acumulación desesperada de poder en beneficio personal.

En Chile, los costos de las campañas electorales fueron subiendo sin encontrar techo. El paso lógico fue la búsqueda de mecenas empresariales que las financiaran. La búsqueda de dinero se emprendió en todos los partidos y de diversas formas.

En algunos los contactos se hicieron en forma jerarquizada con un “prócer” a la cabeza que aprovechó de asegurar su autoridad indiscutible y absoluta; en otros organizados “en lotes”, a cargo de caudillos; en otros, por parte de free raiders que recolectaron dinero para las elecciones y para si mismos.

Este sistema reforzó la autonomía de los partidos políticos. Prontamente no necesitaron para nada a los ciudadanos. Alcanzaron la auto sustentación. Su única preocupación fue desde entonces cuidar la mano que les daba de comer y no morder los intereses de sus mecenas. Dejó de importar la calidad de los postulantes a los cargos políticos, comenzó a primar su fidelidad a los caciques del partido y poco a poco la calidad de los diputados y senadores fue decayendo hasta alcanzar profundidades oscuras. Personajes increíbles en su comportamiento personal, moral, político, familiar y social, alcanzaron altas dignidades legislativas.

¿Qué tenemos ahora?, un sistema político desacreditado, aislado de la ciudadanía, autorreferente y de mala calidad técnica y moral, es decir, lo opuesto a una elite digna de ese nombre.

¿Es que no hay salida?.

El siglo XX fue el siglo del Estado y de las Ideologías y en ese escenario las “masas” jugaron un rol pasivo e infantil, todo fue una ilusión pergeñada por la modernidad.

Estamos en proceso de cambio, las “masas” evolucionan –lentamente- hacia la “ciudadanía”. Me parece que las ideologías aun tienen un rol que jugar: proveer modelos de futuros alternativos posibles, pero sin alzarse como amos exclusivos del poder político.

No creo en las “democracias directas” en que nuevos grupos organizados pueden apoderarse de la representación popular, si creo en “la esfera pública” y la tremenda “capacidad asociativa” de la sociedad chilena funcionando como otros instrumentos de representación de intereses y propuestas de políticas públicas y soluciones a problemas reales de las personas.

Quizás la clave sea recuperar el concepto de República y lo Republicano; un sistema donde haya grupos intermedios, que cumplan esa función solo en relación a una ciudadanía informada e incidente.

 

 

 

 

LA ELITE POLÍTICA ESTÁ DESNUDA

El término Elite o Élite, corresponde a un conjunto minoritario de individuos o grupos que ocupan posiciones de autoridad y ejercen influencia, por cuanto poseen determinadas características que son valoradas socialmente.

Las teorías sobre las élites políticas surgieron en Europa a finales del siglo XIX como consecuencia de los grandes cambios económicos, sociales y políticos que caracterizaron esa época y que en el ideario de los políticos actuales, sigue vigente. Para apoyar nuestro análisis comenzaré haciendo una muy breve revisión de sus ideas centrales.

La teoría de las élites tiene su punto de partida en la constatación de que en toda sociedad hay unos que mandan, gobiernan y dirigen (la minoría) y otros (los más) que obedecen y son gobernados. El fundamento de la teoría está pues, en la diferenciación entre quienes detentan el poder, las élites, y los que no tienen poder, las masas, que son dirigidas por aquellos.

La concepción clásica de la teoría de las elites de Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels, presenta la existencia de estos grupos como inevitable y producto de las características personales de sus miembros, de su cohesión interna, capacidad de organización y sistema ad-hoc de reclutamiento.

Según Pareto, la clase superior, se divide, a su vez, en dos grupos, un primer grupo que conforma la elite gobernante –políticos, empresarios, iglesia, prensa- que ejerce directamente la función conductora de la sociedad y un segundo grupo conforma una elite no gobernante, que dirige asuntos sectoriales: militares, burocráticos y otros, subordinada a quienes gobiernan.

La minoría que detenta el poder en una sociedad es asimilable a una auténtica clase social, la clase dirigente o dominante, porque aquello que constituye su fuerza y le permite mantenerse en el poder es precisamente su organización y estructura.

Los partidos políticos” es una obra fundamental en el trabajo de Robert Michels, en ella da a conocer su teoría de la oligarquía, conocida comúnmente como la ley de hierro, según la cual todo sistema político o social acaba siendo dirigido, de hecho, por un número reducido de personas.

Para que ello suceda, hay tres factores constantes que causan la captura del poder por parte de oligarquías. En primer lugar, Michels considera que las masas tienen una imposibilidad mecánica y técnica para ejercer el gobierno directamente y eso posibilita la aparición de burocracias en los partidos que acaban capturando el control de dichos sistemas que, de ahí en adelante, quedan fuera del alcance de las masas, capturado por los miembros de la burocracia oligárquica.

En segundo lugar, hay motivos psicológicos que impulsan y mantienen a las oligarquías. Las masas tienen dependencia de sus líderes, puesto que son apáticas y demandan que alguien piense por ellas, cubriéndoles la necesidad de dirección política que delegan en esos líderes.

Por último, las masas demuestran ser intelectualmente inferiores ya que aún siendo más numerosas no consiguen apoderarse del control de los sistemas políticos. Han recibido una educación inferior y se ven obligadas a restringir su propia voluntad de autogobernarse para entregar esa autoridad a líderes mejor preparados que ellas mismas.

Finalmente, un antecedente fundamental del sistema político que actualmente se considera legítimo, es la obra del estadounidense Charles Wright Mills autor de “La elite del poder”, uno de los más importantes e influyentes sociólogos del siglo XX. Mills al analizar la progresiva concentración del poder que se producía en sociedades modernas desarrolladas comprueba que la ‘elite del poder’ se conforma históricamente alrededor de las instituciones políticas, económicas y empresariales por individuos que poseen gran afinidad, comparten experiencias vitales y se encuentran ligados entre si por lazos familiares, económicos y sociales, además de un interés común de perpetuar el sistema para lo cual, mediante el intercambio entre instituciones y la cooptación de elites entre sus distintos ámbitos de actuación, aseguran el mantenimiento y la extensión de su capacidad de control para mantener el statu quo de la sociedad. Una oligarquía perfecta.

Esta breve síntesis nos muestra que 1.- Los cambios económicos, políticos y sociales del siglo XIX que dieron origen al sistema de elites y partidos políticos, y determinaron sus comportamientos como hoy los conocemos, quedaron obsoletos por los cambios aun mas profundos y radicales que la sociedad humana está viviendo en el siglo XXI, particularmente en la difusión del conocimiento, la tecnología de las comunicaciones y del acceso a la información. Las “masas” devinieron en “opinión pública”.  2.- La diferenciación entre quienes ejercen el poder y los que no lo tienen se ha reducido radicalmente por efecto de la mayor educación general; la difusión del conocimiento político, económico y de gestión; las tecnologías de la información, la reducción de la diferenciación social entre quienes detentan las élites y los que no tienen poder y la amplia y creciente exposición de gran número de personas a la experiencia de conocer otros países y sistemas políticos y económicos  ha debilitado las bases de la autoridad y legitimidad de las elites. 3.- El conjunto minoritario de individuos o grupos que ocupan las posiciones de autoridad han perdido su influencia y su legitimidad al no poder acreditar las características de excelencia moral y técnica que validen su presunta superioridad ante el pueblo, peor aun, en Chile parecen estar bajo el promedio general. 4.- La cohesión interna, capacidad de organización y sistemas de reclutamiento de las elites se desprestigió por su opacidad y exclusión derivando en la existencia de minorías dominantes que funcionan para su conservación de poder y hacer avanzar sus propios intereses. 5.- En la apreciación de la gente, la elite gobernante se distanció fuertemente de la elite no gobernante. En todas las sociedades modernas los Partidos Políticos; los grande Empresarios; los Políticos; el Congreso, el Gobierno y la Iglesia ha caído muy por debajo de las FFAA; la Policía; las Radios; los Académicos y los Pequeños Empresarios en cuanto a su apreciación y valoración de integridad, moral, eficacia técnica y probidad, en que los segundos superan en forma constante y amplia a los primeros.

Esta situación no es una crisis pasajera, es el fin de un sistema de organización social y política que dejó de interpretar la realidad. El escrutinio, la crítica, el cuestionamiento, la participación y sobre todo, la capacidad y voluntad de tener puntos de vista propios, posibles gracias a la combinación de educación, acceso a la información y discusión en redes de miles de personas de diferentes orígenes, intereses y experiencias, algunas calificadas y otras no, sobrepasan largamente la capacidad de los que algunas vez fueron sus “representantes” políticos. La función de intermediación de los políticos entre el pueblo y el gobierno dejó de ser real.

La opinión pública estableció nuevos estándares de probidad, calidad, compromiso, transparencia apoyándose en los nuevos sistemas de información, que no puede ser satisfecha por el sistema político oligárquico y de aficionados existente actualmente. Los análisis disponibles para el público son mas imparciales, realistas y honestos que los que produce y maneja el sistema político.

La guinda de la torta es, sin duda, la colusión entre los políticos y los empresarios, en perjuicio del público. Esta colusión es en realidad una cooptación; una compra o arriendo de lealtades políticas por parte de intereses económicos, este tema, de importancia fundamental, lo revisaré en otra columna.

La realidad nos señala que no estamos ante una falla parcial del sistema político, sino ante su obsolescencia, pérdida de legitimidad, comprobada incapacidad técnica y carencia de los valores morales imprescindibles. La esperanza de conseguir que sean ellos mismos –los políticos en ejercicio- quienes modifiquen sus características, se reformen y cambien, es solo una ilusión sin fundamento. El cambio será profundo y radical y provendrá desde fuera del sistema.

Mire a su alrededor, lea el diario, escuche la radio y verá que la crisis es real y profunda. El sistema se agotó, necesitamos algo diferente.

 

Medio Oriente: Demoliciones y sitios baldíos

Una parábola de la Sagrada Biblia señala que había una casa habitada por malos espíritus, perversos y corruptos; la gente los expulsó, limpió la casa y la dejó en perfectas condiciones, pero nadie la habitó y fue ocupada por otros espíritus malignos peores que los que estaban inicialmente, que se enseñorearon en ella. Esto enseña que no basta con expulsar el mal y dejar limpio el lugar, sino que es necesario instalar al bien (o a los buenos) para que lo ocupen y vivan ahí.

El año 2001, el gobierno de los EEUU culpó al gobierno de los talibanes de Afganistán de albergar y apoyar a grupo Al – Qaeda, liderado por Osama bin Laden, en la preparación y ejecución del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Invadió el país y formó y apoyó a grupos disidentes para expulsarlos del poder. Lo lograron, pero no pudieron establecer un gobierno estable en reemplazo. El 28 de Diciembre de 2014, EEUU dio por terminadas las operaciones y retiró sus tropas, dejando detras miles de muertos, la anarquía y la lucha interna que a poco andar restituyó a los talibanes al poder.

El 20 de marzo de 2003 EEUU invadió a Irak para derrocar al gobierno de Sadam Hussein. La guerra inicial fue corta y sangrienta y el ejército Iraquí fue derrotado y desbandado. Lo mismo sucedió con el Partido Bahat, organización política que sustentaba al gobierno laico de Irak, desde su nacimiento. Sin Sadam, sin el ejército y sin el partido Bahat, que tripulaba todas las instituciones nacionales, Irak cayó en la anarquía y el caos. Los esfuerzos de las fuerzas de ocupación por formar un gobierno democrático fueron un fracaso integral, la economía se desplomó. La lucha entre Sunitas y Shiitas no pudo ser controlada ni menos la llegada de diversos grupos terroristas que concurrieron desde todo el mundo musulmán a tratar de recoger algún pedazo de entre las ruinas de lo que había sido un estado laico y medianamente funcional, aunque lejos de los estándares democráticos de Occidente.

El 18 de diciembre de 2011, EEUU abandonó Irak dejando detrás de si la ruina y la anarquía encabezado ahora por Al – Qaeda e ISIS, luchando por el control del país. No hay dudas que el gobierno de Sadam Hussein no era democrático, pero no es clara la respuesta a la interrogante si la situación actual satisface mejor los intereses de la ciudadanía iraquí y los cánones democráticos occidentales.

A principios del año 2012 se inició la guerra de la “Oposición Siria”, para intentar el derrocamiento del gobierno de Bashar al Asad. La “Oposición Siria” fue armada y apoyada por los EEUU y algunos aliados tanto de Europa como de los países árabes que conformaron el “Ejército Libre Sirio” (ELS) al cual se sumó el año 2013, el Ejército Islámico (EI), formado por ISIS (Daesh) con base en las fuerzas instaladas en Irak que dio inicio a una lucha triangular entre el Ejército Regular de Siria, apoyada por Rusia; el ELS apoyado por los EEUU y el EI, de ISIS, que pudo poner en jaque a los otros dos.

Luego vino en giro de la estrategias de ISIS hacia el terrorismo internacional con los ataques en Mumbay, Líbano, Turquía, el derribo del avión Ruso y el atentado en París que comienza a cambiar el alineamiento político y militar de los distintos grupos acercando a Francia con Rusia y China a Siria y a la actitud prescindente de EEUU que no se decide entre “hacer la pérdida” y apoyar a los franceses, rusos y chinos o hacer como que nada ha cambiado.

¿Cómo se llegó a esto?. El origen lo sitúo en el debate neoconservador en los EEUU en los ´80, que sostuvo que la naturaleza del “régimen” que gobierna a un pueblo influye decisivamente en el comportamiento de las personas que viven bajo él y en su propio comportamiento internacional.

La conclusión lógica, puesta en práctica con energía desde el término de la guerra Fría, fue que EEUU debía “modelar” el mundo de manera que los regímenes cuyos valores y políticas no cumplían los estándares necesarios de democracia debían ser reemplazados por otros que así lo hicieran.

Esta política de “modelamiento” se aplicó con la estrategia de “regime change”, o cambio de régimen, el desplazamiento –por la fuerza de una intervención armada-, de un régimen de gobierno indeseable que incluía el cambio de elites políticas, militares y empresariales, reemplazo integral de la arquitectura institucional y la introducción de valores y políticas democráticas, con sus componentes de probidad, transparencia, accountability etc. –una profunda revolución impuesta desde el exterior-.

Este cambio integral al interior de esos países determinaría el cambio de su comportamiento exterior, contribuyendo al establecimiento de la “paz democrática”.

Esta política fue adoptada por los gobiernos norteamericanos de ambos partidos – Republicano (conservador) y Demócrata (liberal), cada cual por sus propios motivos: los “conservadores” quisieron exportar “la libertad” -en conjunto con sus intereses económicos- y los “liberales” intentaron “resolver los problemas del mundo” empleando la fuerza militar -en coalición para que no se notara tanto el colonialismo -.

Estas políticas fueron desarrolladas, difundidas y defendidas en todo el mundo por “centros de estudio”, escuelas de ciencia política y de políticas públicas, periódicos, ONGs y “actividades académicas”.

En los tres casos mencionados, el derribo del régimen en funciones fue rápido y relativamente fácil. La segunda fase, la construcción de la nueva institucionalidad democrática impuesta por las fuerzas de ocupación y dirigida por una nueva elite apoyada en valores y políticas compartidas por el pueblo, no pudo ser establecida, y la tercera, la retirada de las fuerzas de ocupación dejando atrás un país estable y democrático con un comportamiento interno e internacional responsable, ni siquiera se insinuó.

La estrategia de “regime change” no consideró en su justa medida el hecho de que los “regímenes” reflejan los valores y la cultura de las sociedades, las reglas no escritas que surgen de los parentescos, la experiencia histórica compartida, la religión, los regionalismos internos y otros elementos culturales, que también son parte del “régimen”.

Es muy distinto el resultado de la evolución de una sociedad a través de siglos de historia de progreso político, a la implantación forzada de la democracia en un lugar y momento dado.

Una sociedad que no conoce y no aprecia el valor de las instituciones políticas, que no conoció nunca ni siquiera una democracia formal o básica, en una condición de anarquía evolucionará con mucha mas facilidad hacia el caos y la violencia anárquica e indiscriminada que hacia una democracia a la occidental.

ISIS será derrotado, el problema es ¿qué vendrá después?. ¿Otra remodelación?, ¿dejar la casa vacía para que la ocupen espíritus aun mas perversos y malignos?.