1971 – 2019 La agonía del Socialismo en Chile

Durante la década que va de 1920 a 1930 Chile experimentó una feroz crisis económica y política que causó el empobrecimiento agudo y profundo de la sociedad, con evidentes mayores daños en la clase trabajadora. La salida económica transitó -inevitablemente- por el cierre de la economía abierta que venía desde la década de 1830 y la adopción de una economía semi autarquica y dirigida politicamente, ahora en su modalidad de sustitución de importaciones, reemplazándo los bienes importados por copias producidas localmente, de muy mala calidad, escasas y caras, negocio del cual medró una parte de la clase con mas recursos, que administró el estado en su beneficio.

La actividad empresarial se transformó en el arte de movilizar influencias políticas y gubernamentales. Por ello cayó en el descrédito y el clientelismo. Se supuso que esa situación estatista sería transitoria, pero fue solificándose y se mantuvo sin cambios hasta la última y definitiva crisis de 1970 a 1973. Fueron 40 años de miseria y atraso, en que la clase política dirigente no supo no pudo ni quiso sacar adelante al país. Asi, de facto y casi sin conciencia de ello, Chile transitó desde un lógica de desarrollo liberal – conservador de propiedad privada y liberalismo económico, a otra socialista – revolucionaria con protagonismo preponderante del estado y de lucha de clases.

La crisis final estalló en 1970. El epílogo del antagonismo no se dió entre el Liberalismo y el Socialismo, sino entre dos clases de socialismo: el socialismo comunitario de la Democracia Cristiana y el socialismo marxista revolucionario de los partidos Socialista y Comunista mas la extrema izquierda del MIR y otras bandas castristas.

En el primer semestre de 1973 y como crisis típica, el proceso político estaba destruido y paralizado, los actores políticos trataban desesperadamente de reagruparse y recuperar la legitimidad. El descontento, la inestabilidad institucional, el hambre y el caos social estaban fuera de control y Allende cometió el peor error que podía cometer: obligó a las FFAA a participar políticamente en su régimen en agonía y las incorporó institucionalmente a su facción política, mientras parte de sus aliados se preparaban para el asalto armado al poder. Eran pocas las fuerzas políticas que quedaban en pié, entre ellas las FFAA y grupos revolucionarios de ultra izquierda

El siguiente y ultimo paso fue el rechazo de las FFAA a jugar el rol impuesto por Allende y a tomar el control real del poder, que de hecho el mismo Allende estaba tratando de asignarles. Seamos claros, Allende metió a los militares a su gabinete, no dudó en usar a los militares para conseguir legitimidad.

Han pasado 43 años desde esa crisis. El socialismo marxista promovido en Chile por el PC y el PS ha muerto. Su mayor ejemplo, la URRS, se transformó en un estado corrupto semi capitalista; solo quedan caricaturas de regímenes ex socialistas como Cuba, Corea del Norte, Venezuela, Nicaragua y algunos regímenes autoritarios en Africa. El socialismo ya no tiene nada que ofrecer, no tiene presente ni futuro, solo pasado. Pasado que en realidad solo interesa a quienes -en su lejana juventud- vivieron las ilusiones revolucionarias.

Estamos en septiembre de 2019, y en Chile recrudecen los análisis y revisiones del fracaso de la Unidad Popular, y sus cultores en vez de analizar sus fallos, enfocan sus energías en culpar a los que los que se hicieron cargo de la crisis y levantaron de nuevo al país. En su desvarío reclaman que el Gobierno Militar haya desmantelado el socialismo y que les haya quitado el poder que tenían, los haya excluido de sus posiciones de control del estado y que los haya derrotado tres veces consecutivas en sus intentos de retomar el poder por la fuerza con ayuda de la Unión Soviética, Alemania Oriental, Cuba y varios regímenes izquierdistas europeos, para reimplantar su régimen fracasado.

Hoy tenemos otro país, el camino seguido era el mejor disponible en esos días y talvez el único posible en el caos del 1973. Esto es política. Control, administración y uso del poder. No hay forma de plantear que el Chile de 2019 podría ser el de 1973 o de 1970, por mas reflexiones y juegos retóricos que hagan.

Los que quieran hacer filosofía, estupendo, es su derecho, pero no traten de pasarnos gato por liebre.  Los que quieran seguir haciendo contabilidad, que sigan con sus demandas judiciales al estado -y recibiendo jugosas indemnizaciones- por haber sido sacados de los innumerables cargos estatales que capturaron por la fuerza y políticamente entre 1970 y 1973.

El lamento lacrimógeno de la izquierda es graficado por Carlos Peña tratando de demostrar que la democracia fue atropellada por los militares y que ese crimen debe ser recordado: “¡Como si el MMDDHH no fuera un museo sobre la democracia! Por supuesto que lo es, los principios que lo inspiran y que son los que empujan a que no olvidemos los hechos luctuosos que allí se conmemoran, son los de la democracia, la idea de que los seres humanos somos un coto vedado a la acción del Estado y que la política no se puede ejercer por cualquier medio”.

Una típica voltereta retórica de izquierda: Los estatista totales que pretendían llevar su ideología hasta la mas profunda intimidad de las personas y de la acción política total e integral sin posibilidad de vuelta atrás, serían los sujetos “de la democracia atropellada” y no los culpables de destruirla sistemáticamente en su intento de imponer su ideología que ya entonces era un fracaso definitivo e integral.

El problema es básicamente uno solo. La izquierda chilena ha quedado reducida al rol de cuidador del cementerio de sus ideas. Ideas que simplemente ya no son relevantes para la enorme mayoría del país, pero que sus cultores se niegan a aceptar su inviabilidad.

Y por eso la noche del martes 10 al miércoles 11 de septiembre de 2019 tendremos que volver a soportar el vandalismo odioso de quienes se niegan a aceptar que Chile cambió y que ese cambio revolucionario lo hicieron las FFAA de Chile.

Las verdades que nos recordó el Sr. Bu

Por razones comerciales viví y trabajé algunos años con varios empresarios chinos, en Singapur, Taiwán, Indonesia y Malasia y fue una experiencia muy grata. Tengo un gran respeto y aprecio por su cultura, sus maneras sociales y su trato de negocios.

Dicho esto, creo que podemos separar lo personal de lo nacional.

China ha hecho una mala elección de sus socios en Sudamérica: Venezuela, en sus versiones Chávez y Maduro; Brasil y Argentina y no podría decir que hayan sido exitosas. Su ingreso estrepitoso y depredador no ha sido duradero ni rentable.

Con Chile ha funcionado mejor, pero están cometiendo tres errores graves que pueden demoler lo construido: China tiene su cultura nacional peculiar y distintiva, en que la disciplina, la homogeneidad social y el autoritarismo político -características desarrolladas a lo largo de siglos- les han permitido sortear y manejar graves crisis humanitarias, militares y económicas con gran éxito. Exigen que se les respete y comprenda. Desde nuestro lado, aquí se valoriza la autonomía personal, la heterogeneidad social y la democracia y también exigimos que se nos respete y se entiendan los limites que el gobierno tiene para intervenir en la sociedad.

Como es inevitable que ocasionalmente haya choques y conflictos, es fundamental el uso de buenas maneras, la discreción y tratar de entender los límites de la contraparte. No voy a criticar al Sr. Bu, pero los resultados muestran que el camino elegido para tratar el asunto de la visita de un diputado chileno a Taiwán y Hong Kong no fue positivo.

El segundo error es aproximarse a nuestras autoridades en forma imperativa. En verdad los gobiernos norteamericanos, por años, han intentado hacerlo con resultados variables y pese a que compartimos la misma cultura política, los modales imperiales de algunas de sus autoridades y embajadores han sido difíciles de digerir. Dos procónsules concurrentes -un norteamericano y un chino- parecen ser excesivos para Chile y como no podemos sacudirnos de ambos, la prudencia aconseja liberarnos aunque sea de uno de ellos. El Sr. Xu Bu nos está empujando a una situación en que preferiríamos no estar.

El Sr. Mike Pompeo -emisario de Donald Trump, presidente de los EEUU- vino a Chile y luego de descalificar al Gobierno y pueblo chino, impartió una serie de directivas y recomendaciones para la toma de decisiones por parte de nuestro gobierno para seleccionar al socio para la instalación del sistema 5G y el cable de fibra óptica transpacífico. Poco tiempo después el Canciller de China Sr. Wang Yi, en una entrevista escrita en un diario nacional, nos explicó en detalle la conveniencia de comprometernos, a largo plazo, con empresas de su país.

Ambos emisarios, de alto nivel, promovieron sus intereses nacionales, lo que es legítimo. Pero el Sr. Bu olvida algo importante: EEUU pese a todo, es una sociedad abierta, con un Poder Judicial separado del gobierno, con prensa libre, con diversidad de partidos políticos y reglas comerciales objetivas que muchas veces se cumplen. En China, la concentración del poder en el Estado y en el Partido Comunista y la discrecionalidad gubernamental, son omnímodas y universales. Para completar el cuadro siendo pragmáticos, Trump y Pompeo tienen una vida política limitada, un término presidencial, como máximo dos. En cuanto a China, el Sr. Xi Jinping permanecerá por muchos años y el Partido Comunista por muchos mas.